05 mayo, 2017

4 Postales callejeras (segunda tanda)




Ah, los anuncios enigmáticos son mi debilidad porque si no me pican la curiosidad, al menos me mueven la comisura de los labios en procura de una sonrisa. Se dice que el rostro tiene innumerables músculos, así que de vez en cuando resulta saludable ponerlos a trabajar. Pruebe fijando la vista en este rocoso cartel que parece salido de una película futurista. Eso sí, el motivo para lucirse con ese fantástico subtítulo es todo un enigma.


Otro anuncio muy profesional que provoca ganas de inscribirse al tiro. Tan capos son, que la exelencia se notaba en ambas caras del letrero. Profesionalismo al cuadrado por donde se lo mire. 



Si usted no es boliviano, se le notará al instante la cara de perplejidad al toparse con este cartel que parece indicado para barcos o canoas, o qué sé yo. ¿Flotas de camiones, de buques, de automóviles, de aviones? ¿o qué se le viene a la cabeza? ¿o en su país se dice “flotas” a los autobuses? Puede que la gente llame como quiera a estos vehículos según los usos y costumbres: colectivos, guaguas, micros, autocares, etc. Pero en urbes que se precian de modernas, las convenciones internacionales sobre transporte y vialidad no deberían ser meros saludos a la bandera.



Aquí otra palpitante joyita, cortesía de los genios de Tránsito y Vialidad de la alcaldía cochabambina. La avenida Libertador (foto tomada yendo de sur a norte, frente al estadio) es quizá la arteria más concurrida que conduce a Cala Cala y otros barrios norteños de la ciudad, y en su trayectoria corta en dos otra avenida no menos importante que va de este a oeste, conocida como América. Ahora bien, cualquier automovilista del interior del país se daría cuenta, por lógica, que a su mano derecha está el Este y no al revés. Pero parece que los cochabambinos no se han enterado de la chapuza municipal o tendrán la vista puesta en las churrasquerías de la zona.



En este cartel amarillo conviene detenerse un poco más, que si no la autoridad policial podría imponernos una multa por no carcajearse ante ese colmo del absurdo. ¿No se supone que las motos sin placa (matrícula) no deberían transitar efectivamente en ninguna calle o avenida? Y ver esta advertencia en plena puerta del cuartel general de la Policía, en el centro de la ciudad, ¿a que les suena? ¿será que también los efectivos policiales circulan en motos indocumentadas? Y para terminar de rizar el rizo, anuncian que trabajan por mi seguridad. No me jodan.



En mis ocasionales viajes al Valle Alto y otros municipios (aun en la desolación del altiplano) he descubierto que no hay pinche obra social sin su correspondiente cartel gigante, impreso a todo color,  y vaya uno a saber cuánto dinero despilfarran los alegres administradores de la cosa pública en promocionar su imagen personal, a veces posando con los brazos abiertos en plan de dadivosos filántropos, pero con dinero ajeno, el de nuestros impuestos. El estilo narcisista del cacique Morales ha creado escuela y por todas partes aparecen sus émulos (sean oficialistas o de la oposición) que compiten entre sí por superar al amado líder. Si hay que adornarse con detalles pintorescos como cantaritos, cascos, banderolas, vaquitas, florecillas, etc, mucho mejor. Lo de ofrecer información clara y específica sobre las obras en cuestión es lo de menos, bien valen unas abreviaturas ambiguas para que no ocupen tanto campo en el cartel y no quiten espacio al retrato de los susodichos.


¡Qué pintado y pintudo es este paisito del nunca jamás!



29 abril, 2017

4 Su Majestad el Pejerrey





Oruro era décadas atrás la capital del pejerrey. En las riberas de su alargado lago Poopó, un verdadero mar interior, comunidades uru-chipayas y aymaras vivían enteramente de la pesca. Bien recuerdo que cajonadas de pescado fresco enviaban a ciudades como Cochabamba y La Paz, e incluso llegaban hasta el pueblo de mi niñez, a buenos centenares de kilómetros. Los jueves de madrugada arribaban los comerciantes orureños con mercaderías diversas, entre éstas algunas cajas de madera con pescaditos plateados de olor sumamente penetrante. Yo deploraba toda aquella peste en la casa. Pero en cuanto mi madre, luego de un moroso descamado, los sumergía en la sartén y nos servía a la mesa, comía sin rechistar hasta chuparme los dedos. Crocantes frituras de suave corazón tan blanco que no tenían parangón. 

Muchos recuerdos todavía guardo de mis viajes juveniles a Oruro. Espléndidas meriendas en casa de mis tíos, en las que era normal que sirvieran pejerrey casi todas las noches, preparado de mil maneras por su hábil cocinera, de trenza larga y perenne sonrisa, una extrañeza entre las cholitas aymaras de rostro mayormente adusto. El estómago agradecía aquellas sobrias degustaciones de carne magra y de fácil digestión, considerando la altura y la climatología fría de la urbe orureña. 

Como se sabe, hoy el Poopó es un erial de arena, tierra resquebrajada y desolación. Barcas volcadas en las resecas orillas de blanco salitroso, testimonian que el agua ha retrocedido para quizás nunca más volver. Como huyeron los patos y flamencos, la gente abandonó paulatinamente sus comunidades lacustres. El pescado, prácticamente ha desaparecido de los mercados de la ciudad altiplánica, ahora se lo trae desde el Titicaca y los ríos tropicales de tierras orientales. Acompañando a mi primo esos días de Semana Santa a efectuar la compra, se me iban silbidos de sorpresa al ver los precios en la pizarra: tan elevados que consumir pescado se ha vuelto un asunto privativo, cuando antaño la abundancia permitía que lo consumiese todo el mundo. Y lo peor, que cuando fuimos a buscarlo el sábado, casi todo se había esfumado para el Viernes Santo. No había dónde escoger.

Menos mal que el primo había comprado con anticipación una docena de filetes medianos. Una cantidad rácana, posiblemente llegada del lago Uru-Uru, un lago menor también en serio riesgo de secarse, a las puertas mismas de la ciudad por el lado sur. Como su afilado ojo de chef aficionado estimaba que la provisión no alcanzaría fuimos a por más a un mercado céntrico, donde además aprovechamos para adquirir verduras y otros ingredientes necesarios para un suculento pescado al horno.  Fracasamos en nuestro intento de hallar pejerrey -no había ni rodajas del soso surubí para disimular el asunto-, así que compramos unas pechugas de pollo. Total eran carne blanca, pensábamos. 

Con los ingredientes a bordo, el chef dio inicio a la faena. Su mujer desapareció de la cocina, diciéndome que cuando él cocinaba no se metía para nada. Yo no me lo creía todavía que mi primo, el ingeniero civil, fuese un consumado entusiasta de los fogones y sus secretos. Con razón no había ahorrado detalle en el diseño de su amplia cocina, un conjunto de aire minimalista, con los elementos (fogón, horno, microondas, estanterías) estratégicamente distribuidos que hacían perfecto juego con el mesón de granito negro. Y la iluminación ambarina sutilmente desplegada en el cielo raso aumentaba la sensación de calidez. Daba gusto cenar allí, seguro que sí.

Pues bien, mientras el pejerrey marinaba media hora en caldo de limón, que yo mismo contribuí a prensar, el cocinero cortó aros de inmensas cebollas blancas que junto con tiras de pimentones rojos se puso a sofreír en mantequilla, esperando que soltaran el jugo, al que añadía unos toques de vino blanco para que se impregnara de su bouquet. A continuación añadió los trozos de tomate que con gran esfuerzo había yo pelado. Hervían las papas waych’as de reciente cosecha, con cáscara, que unos minutos más de cocción y se nos deshacían de lo harinosas que eran. Escurrido el limón, sobre una capa de las verduras sofritas se depositaron cuidadosamente uno a uno los delgados filetes del preciado pescado, salpimentado con moderación. Lo mismo, se lo cubrió por encima con otra capa a la que se añadió unas ramitas de cilantro. A esperar veinticinco minutos, entonces.

Mientras tanto, pelamos las papas cocidas y las cortamos en rodajas. Junto al pollo asado, cortado en cachitos que, para ahorrar el trabajo habíase comprado en una rosticería, el chef las puso en otra bandeja, regándolas con queso rallado para que se derritiera con el gratinado. Eran las nueve de la noche cuando llamaron a cenar. Los chicos pusieron la mesa y se los veía entusiasmados con el trabajo del padre, que fue puntilloso hasta con servir personalmente para que a nadie le faltara. A punto de iniciar el ritual, uno de los muchachos preguntó por esa rara carne desmenuzada que acompañaba el pescado; al instante reaccioné diciéndole que era faisán, algo que sólo se degustaba en mesas de reyes y nobles, añadí para pillarle en su inocencia. Pero parece pollo, replicó después de probar; bueno, comételo como si fuera auténtico faisán, le respondí ocultando una sonrisa burlona. Nos echamos unas risas mientras devorábamos bocado a bocado aquel inédito plato de autor, que por razones merecidas bauticé como Pejerrey a la Luchín. Juro por mis andanzas culinarias que jamás he probado carne más delicada, tierna y sabrosa que un buen filete de pejerrey horneado. 

Mi primo me dio el tiro de gracia sacando un Riesling de la nevera, varietal desarrollado por la casa Campos de Solana, quedándome gratamente pasmado de que nuestro paisito produciese tal cosa. Desde ya su tonalidad amarilla tirando a dorado y su aroma intenso a frutas me despertaron las ansias de probarlo. Delicioso elixir con toque ácido que me recordaba a gallardos cavas de la lejana Cataluña. Al día siguiente, domingo a mediodía, me despedí con dolor de mis solícitos anfitriones. Que me dejaba el bus, y que no había tenido tiempo para dar fin a los últimos rescoldos de esa inolvidable cena. Por eso era el dolor.



24 abril, 2017

5 Mi reencuentro con Raúl Shaw Moreno


Había vuelto a la altiva ciudad de Oruro después de cinco años. A sus aires que azotan los pómulos de los forasteros y a sus cielos de azul intenso. Y a recorrer sus mismas calles, con su sempiterno aire de abandono. Sus fachadas macilentas dan fe de ello, empezando por el bloque moribundo de la terminal de autobuses que parece enamorado de su verde pálido y resquebrajado. Álamos de copa redondeada salpican a ratos la monótona uniformidad de las aceras. De clima duro, aquello parece milagro en medio de las ventiscas que sacuden una y otra vez el altiplano. La vida se abre allí a puro coraje.

Inverosímil que una tierra tan yerma haya procreado al artista más grande, al boliviano más universal. Sin montañas inspiradoras, sin arroyos ni ríos que perseguir. Solo bocaminas que escupen lentamente la sangre ácida de sus entrañas. No hay nada allí, ni quirquinchos escondidos en la arena. Y, sin embargo, de aquel páramo sin apenas abrigo surgió la cálida voz del bolero. Y con su canto a liberar las noches de su fría opresión, cual obstinado romancero.

A don Raúl lo conocí cuando apenas era yo un crío que no llegaba a la década. El pueblo de mis antepasados se debatía entre las penumbras, aquellas gozosas penumbras que nos permitían jugar a las guerritas entre los “patacalles” y los “uracalles”. Por toda luz sentaban presencia unos cuantos postes de tubos fluorescentes que pálidamente señalaban el empedrado entre el internado de la Sede y la iglesia. El trayecto que una monja alemana seguía casi todas las noches junto a sus cholitas internas para ir a oír misa.

La Sede, con sus jardines y extensos conjuntos de habitaciones, coronaba una suerte de colina. Desde su explanada veíase todo el pueblo, y de sus oficinas salían a menudo los avisos por altoparlantes a la comunidad. El operador tenía la buena costumbre de poner música a manera de introducción. Uno de los parlantes había sido estratégicamente colocado en las alturas de un imponente eucalipto que ya no está. Nuestra casa no estaba ni a media cuadra de aquel sitio. Imaginen el solaz que me producía aquella polca inmortal interpretada por ese cantor sin nombre, al que juzgaba yo como extranjero. El acompasar grave de la guitarra y el sonido de la aguja del tocadiscos se oían tan nítidos que todavía los atesoro en el alma.

Arribó la luz eléctrica, luego la FM, la encarceladora televisión. Se acabaron la magia y las noches de ensueño. Y don Raúl volvió a las sombras, a los polvorientos cajones del olvido. Ya se encargaría la radio de difundir mensajes a cualquier hora, con inevitables voces impostadas.

Casi tres décadas después, don Raúl me esperaba, también en lo alto de una colina. Casi relegado al fondo, a pasitos de unas rejas. Como si fuera un extraño invadiendo el morro de Conchupata, dicen que histórico porque fue allí que izaron la primera tricolor boliviana. Inexplicable monumento el del músico cuyo sitial debería estar mejor emplazado, quizá en la entrada del aeropuerto, para dar la bienvenida a los viajeros, extrañados a primera vista de haber llegado a ninguna parte. Esa guitarra los consolaría y esa inigualable voz haría el resto.


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Para su consideración, otras canciones: 



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