En la isla más calurosa posible, los exclusivos
socios del Havana Tropic Club se reunieron otra vez para departir unos mojitos.
Comenzaba otra épica batalla del ALBA contra otro de los grandes enemigos de la
humanidad, ya no el imperialismo ni el calentamiento global, sino un asunto más
bien febril que tiene en ascuas a ciertos países africanos y con el temor a
flor de piel al resto del mundo. El menor de los carcamales dueños de Cuba,
arrancaba a modo de introito, poco menos que tautológicamente: “les damos la
más calurosa bienvenida a nuestro país”. ¿En serio, comandante Raulito?
Así pues, nos
amanecieron los del ALBA con su cumbre relámpago para luchar contra el azote
del ébola. A feliz iniciativa del presidente Maduro, se dice; que por una vez
demostró tener más que pajaritos en la cabeza. Hubiera sido más que loable el
esfuerzo si hubiesen mandado a médicos y técnicos a discutir sobre la temática
antes que invitarse ellos mismos, aun con sus ministros del ramo, que parece
que fueron a adornar las reuniones y nada más. Como no podía ser de otra
manera, en un tris armaron la feria de las vanidades, a semejanza de las
juntuchas que hace periódicamente la Unasur para discutir asuntos tan
primordiales como el desagravio a Evo por la agresión imperialista, o quizá muy
pronto, una “Cumbre Extraordinaria: te vamos a extrañar Cristina”, cuando la
presidenta tenga que desocupar los closets de su Casa Rosada.
Curioso resulta que
ni Argentina ni Uruguay, a pesar de sus lazos emocionales, no se hayan sumado a
esta organización creada por el genio inconmensurable del finado Chávez. Un
conglomerado de republiquetas bananeras e islitas satélites que danzan al calor
del petróleo venezolano. O los dos vecinos rioplatenses no serán lo
suficientemente “bolivarianos” o sus termómetros no rebasan temperaturas
mínimamente tropicales. No le hallo suficiente explicación para tan extraña marginación.
¿O será, que tanto Argentina como Uruguay, a pesar de todo, son naciones más o
menos serias?
Evo el Austero
todavía celebraba su victoria resonante, en medio de la chacota electoral que
Bolivia ofreció al mundo, y sin hacer mucho ruido (contra su costumbre) se
escabulló para finalmente aparecer en la isla presidencial donde fue felicitado
calurosamente por todos los colegas, al tiempo que intentaban sonsacarle la
receta de cómo organizar un festín monumental (elecciones) sin que parezca todo
cocinado. Más hierático que la Mona Lisa, el taimado caudillo no dijo ni pio y
simplemente se conformó con ser un invitado de lujo en la reunión, a modo de
hacer quórum, mientras Maduro y Raúl llevaban la voz cantante en sus intentos
por ofrecer un muro sanitario común contra la amenaza del virus. Por poco no
dijeron que se avecinaba la Guerra Mundial Z y que había que estar preparados.
Qué tendrán los
cubanos que no le temen a nada si es que
de mandar doctores al culo del mundo se trata. Si tan avanzada y ejemplar es su
medicina, ¿por qué los países desarrollados no los toman ni como asesores? ¿quién
en su sano juicio corre hasta Cuba para efectuarse una cirugía? En cambio,
exportan por camionadas supuestos médicos que van a efectuar operaciones
milagros en áreas rurales de los países revolucionarios. Me consta que en
Cochabamba llegaron a operar de cataratas y otras patologías oftalmológicas a
pacientes pobres para dejarlos más ciegos que antes. Se cuentan por millares
los ojos que han visto de nuevo la luz, eso dice la propaganda del gobierno
boliviano. Tanta solidaridad desinteresada asusta, como los sudorosos doctorcitos
isleños yendo de puerta en puerta ofreciendo consejos saludables. Mejor
refregarse alcohol en las manos y hasta luego.
Por lo pronto, con
la paranoia acechando la tranquilidad de la humanidad entera, hay que ver la
tremenda parafernalia que arman las autoridades sanitarias de nuestro país, con
simulacros de avionetas puestas en cuarentena y con trajecitos inmaculados que parecen
surgidos de una película clase B de lo más cutreciento, dispuestos a matar al
virus de pura risa. “Bolivia está preparada”, dicen a modo de satisfactoria
conclusión. Y si no, que venga el Dr. Jekill y lo desmienta.
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Pensaba que los médicos voluntarios
para ir a África eran estos (por las batas, claro).
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