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| Como apenas conozco a los muchachos, no pude encontrar al sueco Smedberg (EFE) |
Anochecía. Yo que estaba tranquilamente en mi cuarto continuando
con la lectura de un libro de Tom Wolfe (Lo
que hay que tener, cojonudo título de entrada, por ahí va la cosa) porque
sencillamente no había nada que hacer, fui sobresaltado por otra racha de petardos
en la vecindad. Asomé la cabeza por la minúscula ventana que da al norte y que
hace de tragaluz, y pude divisar un rosario de fogonazos amarillentos que se sucedían
cada tanto, y no faltó alguna muestra de multicolorida pirotecnia, a la
distancia.
El acontecimiento habrá durado unos diez minutos. Me puse a
recapitular antecedentes: no era un aniversario patriótico, no había fiesta
patronal, ni suele haber marchas de protestas al caer la noche. Encendí la
radio buscando una explicación para tan magna celebración en este país de
celebrados hábitos. ¡Por las cuitas de la FIFA!, había olvidado que el lunes la
selección boliviana tenía partido contra Ecuador. El locutor, ya con la voz
ronca, en cualquier momento se iba a morir de emoción como otros diez millones de
gargantas repartidas en toda la república. Habíamos ganado el campeonato
mundial de la alegría, eso seguro.
Estaba batiendo mi récord personal de tiempo sin ver fútbol.
Desde la final de Champions no he visto ni un solo partido más, ni siquiera minutos
de resumen. Y eso que en un país vecino se desarrolla la Copa América a toda
mecha. Honestamente siento que no me he perdido nada hasta la fecha, ni la
memoria del músculo futbolero me reclama. Es un campeonato deslucido en los últimos
tiempos, a pesar de la presencia de casi todas las estrellas que se lucen en
los mejores equipos europeos. Los cracs están sin chispa, por lo que me
he ido enterando. Desde luego, en la misma Europa apenas le tiran pelota al
asunto. Los clubes estarán más preocupados de que no se lesionen sus jugadores
sudamericanos que estarán hasta el gorro por las temporadas extenuantes. Pero se
imponen los patrióticos deberes.
Así pues, patriótica obligación es apoyar a la Verde, pase
lo que pase. Ayer, lunes al morir la tarde no pasó lo que tenía que pasar. “Bolivia
se rebela contra su historia”, dice un titular de prensa español. No era para
menos, triunfar en una Copa América después de 18 años suena a eternidad. Toda una
generación ha crecido en ese lapso, sirva de ejemplo mi hermano menor. Tanto él
como sus coetáneos no habían visto nunca a la Selección triunfante en el torneo
más antiguo del mundo. Tal vez por eso anoche tanta gente celebró la machada de
estos nuevos titanes del balón. A su lado, la epopeya del único título
sudamericano del 63 suena a pergamino roñoso. Así vamos, a los conchazos, como
decimos acá. Tres llegadas al arco rival y tres goles. Haber metido tres goles
en un primer tiempo también es hito histórico porque nunca se había hecho
antes, acotan los estadísticos. Luego a defenderse con uñas y dientes y que la
suerte nos ampare.
La mezquina fortuna nos sonrió, colgados del arco y
agradecidos al travesaño que escupió un agónico trallazo ecuatoriano. O será la
poderosa impronta que ha dejado en el imaginario nacional - tan dado al
pesimismo histórico según hallazgo del clarividente Vice-, el inconmensurable liderazgo de Su Excelencia,
quien hace pocos días, coincidentemente derrotaba en ajedrez a todo cristiano
que se le enfrentara, en pleno vuelo por los cielos minados de Europa para
mayor dificultad. Tan concentrado estaba en la faena que se dice que no se
inmutó cuando aparecieron dos cazas F-16 del ejército suizo para escoltar a su
gloriosa aeronave, cuidando de que no se perdiera en el trayecto rumbo a Milán.
Ni los amargos recuerdos de los cafés y maratónicas
horas de espera en un aeropuerto austriaco pudieron con él. Y eso era
suficiente ejemplo de valor y coraje para cualquier delegación en misión internacional.
Y por una vez, la Selección demostró Lo que hay tener, según se extrae de las opiniones triunfalistas. La
historia se meó ante el embate de esta aguerrida camada de pantalón corto. Temible
escuadra plurinacional que tiene como armas secretas a un argentino, un
paraguayo y un sueco que posee la patada del rayo como su antepasado Odín. Empezad
a temblar, rotos, que aquí entran los
nuevos Colorados de Bolivia; perdón, me quedé en offside: quise decir Verdolagos de Bolivia.



