La capital del mundo libre –La Paz city, of course – se engalanó, como en toda
ocasión especial, con toda la parafernalia pachamámica (sahumerios para
ahuyentar la mala suerte, tropas escogidas con casacas prusianas e indígenas de
ponchos multicolores para asombrar gringos) para recibir a un viajero procedente
de las altas tierras alpinas. De talante tranquilo y reposado-como todos los
austriacos, según me comentó alguna vez una amiga alemana- el señor Fischer no se qué tantos,
presidente de la serenísima república de Austria, nos asombró a su vez con su
sencillez y buena cara para afrontar el agobiador protocolo rompecuellos del
Estado Plurinacional de Cocalivia.
Recordemos que hace un año, el desprendido
gobernante concedió algún elegante salón de Viena para albergar la
importantísima Cumbre de Países sin Litoral, en la que nuestro amado líder
llevó la voz cantante para exigir al mundo que tener mar debería ser un derecho
humano como el acceso a la alimentación con soberanía. Concurrieron en aquel
entonces los soberanos de todas las repúblicas bananeras enclavadas en medio de
los continentes, mientras les servían canapés de langostinos para que se vayan
acostumbrando a los frutos de mar. Por alguna extraña razón, tanto checos,
húngaros, suizos, luxemburgueses como los mismos austriacos no participaron de
la vibrante reunión de trajes exóticos y poco más.
Luego de todos los homenajes de rigor en
Palacio Quemado, el señor Fischer no se qué
tantos, fue invitado a efectuar un tour por los cielos paceños a bordo del
teleférico más alto del mundo (imaginen; estar suspendidos encima de 3600
metros sobre el nivel del mar es como estar en las nubes), hoy por hoy el
orgullo paceño por antonomasia, construido gracias a la visión estratosférica
de Su Excelencia que, no obstante su infinito amor a la Madre Tierra, no
derramó ni una lágrima por el derribo de árboles centenarios de una céntrica
avenida que iban a estorbar la construcción de un ramal del susodicho
teleférico. A partir de hoy, el barrio
de Miraflores debería cambiar el nombre por Miratorres.
No faltaron las fotos acostumbradas de ambos
mandatarios al pie de las cabinas, eso sí, abrazados con indígenas para
completar el decorado, mientras una multitud de fotógrafos, reporteros,
edecanes amarraguatos y demás curiosos poblaban la explanada. El señor Fischer no se qué tantos también
dio el paso histórico, pues según los cronistas de S.E., era el tercer
presidente extranjero en estrenar el
artilugio pero con el no mero detalle de estar contemplando una obra de
ingeniería austriaca que le llenaba de orgullo patrio. Visiblemente emocionado
dijo que estaba sorprendido de saber que en Bolivia se usaba como un auténtico
medio de transporte, desde luego ignorante del pésimo y nauseabundo servicio
público terrestre de cualquier ciudad boliviana.
Con tal motivo de su ilustre visita, el
bienamado salvador moral del planeta aprovechó la ocasión para homenajear con
toda pompa a su protector. Sin querer queriendo, el señor Fischer no se qué tantos entró de pleno en la historia al
haber interrumpido un complot del pérfido imperio y sus aliados europeos que a
punto estuvo de ensombrecer los cielos de Europa para siempre. Según los
trovadores de S.E., la valiente intervención del presidente austriaco frustró
el atentado contra el solitario guerrero que se ha propuesto liberar al mundo
del malhadado imperialismo, el odiado capitalismo y otros males que están
corrompiendo a la humanidad. Dicen los mismos cronistas que en aquel sonado
incidente aéreo, los confabulados pusieron en peligro la vida del
incuestionable paladín y la imbatibilidad de su gloriosa aeronave que lo
transporta en sus sagradas misiones. Así que no iba a olvidarse el café con
galletas, el cojín reposacabezas y el inconmensurable apapacho psicológico que
el mandatario austriaco le prodigó en tierra mientras duraban las tediosas
horas del ‘secuestro’ ordenado por el imperio.
Hoy, dos años después, ya convertidos en
aliados sin salida al mar pero con océanos de dignidad, el ‘hermano’ Fischer no se qué tantos y el ‘hermano
presidente’ Morales se dieron el abrazo que sella su amistad para toda la vida.
Y por tan excelsos servicios prestados
al Estado boliviano (o sea, Evo Morales) se le condecoró entre mares de
aplausos con el Cóndor de los Andes, que con el correr de los años vuela cada vez más bajo. Para rematar la faena, sus respectivas comitivas se dieron
a la tarea de organizar un foro boliviano-austriaco de buenas intenciones,
intercambio de conocimientos y algún que otro negocio adicional como la
importación de chocolates Mozart. Entretanto, suena el vals que parece
inspirado en el Danubio Azul, para prolongar la resaca de la victoria aplastante, según dicen,
contra la soberbia chilena.
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| Un podio con altura: de cómo un andino recibe a un alpino |



