05 marzo, 2015

8 El emperador y su (mega) Festival de la Concordia


Maqueta del centro irradiador de sabiduría musical


Finalmente, después de tantas idas y venidas, tanto pasar por allí -evocando una conocida canción local-, los bolivianos hemos decidido construir un escenario que le haga sombra, por encima, a ese festival de quinta (Vergara) que se celebra anualmente en Viña del Mar. Tantos años de no traernos ni una mísera Gaviota de hojalata luego de hermosas participaciones han indignado sobremanera a nuestro gremio de artistas y a todos los amantísimos cultores del folclore nacional, único en el mundo, se dice. Ya está de buen tamaño que no se reconozca nuestro talento fuera de las fronteras, especialmente en el envidioso vecino mapochino. Como corazón del continente, es casi seguro que seamos los que más sentimiento le pongamos a la hora de soplar las quenas y agitar los ponchos multicolores. Si no han notado, en nuestro territorio los Andes son los más anchos de toda la cordillera, por tanto es muy probable que aquí se condense la esencia de la música andina. Y los rotos no contentos con habernos robado el mar, ahora nos quieren birlar hasta las cholitas de Caporal. En Chile, nunca vamos a ganar, sentencian no pocos artistas con la cara compungida como zampoña.

Tanta injusticia algún día tenía que acabar. El palo que les dieron los jueces del certamen a los Ch’ila Jatun, muchachos becados por el poderoso lobby de sus amorosos padres Los Kjarkas, las vacas sagradas del folk nacional, levantó interminables oleadas de indignación en todas partes. La patria había sido agraviada de nuevo, con connotancias de haberse atacado las raíces del patrimonio cultural. Tanta bronca desatada llegó hasta los finísimos oídos de Su Excelencia que prometió dignificar también el folclore nacional, mientras arrullaba a los mozalbetes derrotados en Chile que habían llevado el nombre de Bolivia muy en alto, decidiendo condecorarlos ipso facto por tan valiente participación, al tiempo que los hacía retornar en su restringido avión presidencial. 

A un año de tan ignominiosa afrenta, y a pocos días de la temprana eliminación de Pasión Andina (mucho peores que los Ch'ila Jatun, y aun así defendidos a ultranza por los chauvinistas que hasta se permitieron amenazar a un conocido rockero por criticar su malísima canción), los esfuerzos sobrehumanos de S. E. rindieron frutos, quien movilizó a su ministro de Culturas y demás funcionarios para que efectuaran las necesarias diligencias destinadas a organizar un festival mucho “más grande y más lindo que el de Viña del Mar”, según confesó el imberbe ministro del ramo. Fue dura la competencia, se cree, para decidir la sede del evento, que al parecer el lema “Viva Cochabamba, mayllapipis” de autoría de Los Kjarkas tuvo mucho que ver en la definición. Los cochalas ya pueden sentirse orgullosos, el corazón del corazón del continente albergará el mega-teatro jamás soñado y cuyos ecos de su glorioso festival llegarán hasta los confines de todo el planeta. Y, de yapa, el suculento olor de sus comidas.

Contemplando el escenario de los mega-sueños
Lo que más quebradero de cabeza le dio a S.E., fue hallar el terreno idóneo para la materialización de otro de sus caros anhelos. El teatro de los sueños no podría caber en cualquier sitio, tomando en cuenta que había que poner a saltar a treinta mil almas fanáticas del folclore, para que los de Viña y su exiguo aforo de quince mil se queden muy chiquitos en su arrogancia. Además, no solo será un teatro de inspiración grecorromana para dar el cante, ya que de acuerdo a sus promotores, también será usado con fines ecoturísticos, con áreas de camping, senderismo y demás esparcimiento al aire libre. ¡Tomen chilenos, y quédense con sus aburridas playas y caracolas!

Gracias al acto patriótico de la familia Hermosa (núcleo de Los Kjarkas) que decidió donar tres hectáreas de su extensa hacienda ubicada en la campiña de Tiquipaya, el país podrá por fin exportar su valiosísimo folclore, bloqueado tantos años por la injerencia de los países limítrofes que ponían trabas a la difusión internacional de nuestras danzas y músicas. En poco tiempo, expertos e invitados de todos los rincones llegarán hasta Folkloristán para empaparse hasta los huesos de cultura andina, la auténtica, no la imitación barata que cunde en las costas. 

¿Y el coste del proyecto?, no importa, tiene el financiamiento asegurado, anunció S. E., muy satisfecho de su cometido. Y pudo hasta taparnos la boca a todos los malpensantes, ya que gracias a sus dotes de estadista, el terreno salió gratis (habida cuenta de que en Cochabamba los precios inmobiliarios están por las nubes). Como que trabaja día y noche el amado líder, ya que a semejanza de aquel diplomático suizo que engañó a unos comunarios, con coñac para llevarse la estatuilla del Ekeko; sólo necesitó una humilde botella etiqueta azul para convencer a los Hermosa para que cedieran el terrenito. Y nosotros pensando que Evo el Austero se estaba pegando una lujosa farra con sus cuatachos de toda la vida. 
 
S. E., negociando sacrificadamente la cesión del terreno

28 febrero, 2015

6 Condecorando a un ZP


Foto: EFE

Andaba yo hualaychando por la tele, ayer por la tarde, cuando de pronto apareció en pantalla un viejo conocido de la política española. ¡Coñooo!, que es el simpatiquísimo Zapatero, me dije, amigo de todos y enemigo de nadie. Andaba el buen hombre un poco más en mi patio, a una treintena de kilómetros para ser precisos. Ni durante los dos años que padecí a diario sus zetas discursivas cuando él era inquilino del Palacio de La Moncloa de Madriz, en mi aventura por tierras españolas, lo había tenido tan cerca. Prácticamente cadáver político en sus pagos, ¡zas cholita!, apareció como caído del cielo por estos lares, convertido sobre el pucho en otro valluno de cepa, instaurándole el chaleco y sombrero típicos de rigor, a diferencia del poncho que es más para estrellas de la farándula tipo Messi o Jude Law. 

Lo habían traído en plan gira de artista venido a menos o él se quiso dar una vuelta latinoamericana para huir de su melancolía, quizá aburrido de refugiarse en el palacete marroquí de su mentor Felipe González. Porque a ZP no lo quieren cerca ni los guiris de un sitio guay como Marina d’Or. Sorprende el sigilo con que llegó, habida cuenta de que al régimen evista le  gusta fanfarronear cada vez que algún amigo internacional ha de llegar. Solo por traerse a Jude Law, anunciando que “una estrella de Hollywood llegaría para promocionar el Carnaval de Oruro”, programaron un ciclo con sus intragables películas (salvo la del francotirador soviético) semanas antes de su arribo. Cuando el susodicho llegó se lo vio como tahitiano en el Ártico, aguantando el talante al lado de Evo Morales en el palco oficial, y no atinó ni a sacar el spray de la espuma para celebrar el carnaval. Le habrán pagado una gruesa suma por el viajecito y por probarse el poncho. Zapatero habrá venido gratis, más por cambiar de aires.

Como hicieron con el ocioso de Ban Ki-moon, a ZP lo llevaron de invitado especial a la inauguración de un enésimo coliseo, acompañado de su excanciller Moratinos. La tierra del durazno los recibió cálidamente entre aplausos, guirnaldas y cholitas en flor que obsequiaban canastillos de fruta madura lista para khachirla. Como que probaron los melocotones más pintados y caros de Bolivia con cara de sorprendidos, como si nunca hubieran estado en una huerta valenciana. Entretanto tuvieron que soportar el discurso agotador del desaparecido gobernador Novillo que para estas lides siempre saca a relucir su voz de castrati tipo Correa, arrebatado por su amor y agradecimiento infinito al jefazo. T’acllarina kachun, compañeros y compañeras, rogó encarecidamente el gris funcionario y una salva de aplausos recorrió la caverna de cemento. ZP y Moratinos parecían dos personajes cervantinos descolocados en medio del jolgorio. 

Todavía azorado y cariacontecido  con tanto ruido propagandístico, ZP fue invitado a la palestra. Años que no oía sus zaparrastrosas zetas me hicieron aguzar los oídos. Visiblemente cansado abrevió el discurso dando una lección de sobriedad y contención. En lo calmado de su intervención, sin embargo, le traicionó su vena demagógica al afirmar que se había hecho muy amigo de Evo, en el primer viaje de éste por suelo europeo, por “la mirada clara, limpia” que irradiaba el nuevo apóstol de los pobres. A lo que Evo, le correspondió con otra zalamera muestra de afecto contando que se había quedado prendado de ZP al coincidir en un trote que ambos efectuaban en Central Park en ocasión de una cumbre de la ONU. Desde entonces sellaron un pacto de amistad que ni hermanos de sangre. La internacional socialista es así de fraternal. Y Zapatero su presidente como premio consuelo.

Previamente, a las pocas horas de su arribo a suelo boliviano, ZP fue condecorado con el Cóndor de los Andes en palacio de gobierno, otrora el reconocimiento más insigne para invaluables servicios a la nación. Hoy penosamente utilizado para homenajear a folclóricos de quinta categoría dizque por representar a Bolivia, o a políticos ineptos como ZP que hundieron a su país con políticas irresponsables y desatinadas. Gran mérito declararse amigo de Bolivia y aporte mayúsculo el haber puesto la firma para “ayudar a despenalizar el masticado de la coca” a nivel internacional.  De veras que me agradaba el hombre, confieso. Pero hay que ser muy zopenco para hacerse amigo de la estulticia. 

Duraznero, duraznero/ cargadito de durazno/ de duraznos encendidos…, canten conmigo con acento ZP (si alguien conoce otra canción con más zetas, nomás avíseme).


14 febrero, 2015

6 Del horno y otras delicias



Lechón al ají, con ensalada de verdolaga y chuño aliñado con crema y cilantro

El último día de enero volví a Quillacollo después de varios meses. A pesar de la insistencia de mis primos que viven allá no suelo visitarlos frecuentemente. Lo que pasa es que no voy a provincia, les digo para zanjar el asunto, ni mucho menos a “cantones” refiriéndome a su sección Vinto, donde residen otros primos (Quillacollo y Vinto están a 11 y 15 kilómetros respectivamente, lo que se dice a la vuelta de la esquina, dentro del eje metropolitano). No me gusta Quillacollo, no es por su gente. Es esa su estampa de ciudad intermedia, con todos los excesos y fealdades de una urbe grande reunidos en un solo lugar. No es ni pueblo ni ciudad. Nula identidad a la que asociar, salvo su gigantesca festividad religiosa de Urkupiña, que se dice atrae devotos de todos los rincones del planeta. Yo ni por la virgen. Pero por una cosa horneada soy capaz de acudir al confín del mundo.

El último día de enero volví a Quillacollo porque era el cumpleaños de mi tío Freddy, hermano mayor de mi padre y actual patriarca de la familia. Si sus hijos nos convocaron es porque había banquete, de seguro. No siempre se le agasaja cada año (ojalá fuera así), pero mi tía se esmera tanto en cada detalle con la comida, que merece la pena almorzar sobriamente, por lo menos en mi caso. Porque, ah, la tarde se promete exquisita, aunque nunca falta la amenaza de una lluvia para aguarnos la fiesta. Enero es así. Con chaparrón o sin él había que nomás hacer el sacrificio de llegar hasta el sitio.
 
Bufet criollo, con ensalada solterito(centro), como tiene que ser
Acudieron algunos tíos y los sobrinos más próximos, que si no pasaríamos hambre entre tantos. Los varones sacaron ese viejo juego de la rayuela que es tradición familiar y a la que dificultosamente trato de adaptarme porque casi siempre me aburro ya que soy un perfecto inútil para achuntarle al hoyo o por lo menos hacer parar los tejos sobre el tablero de plomo. Lo que se dice estilo para los lanzamientos no tengo. Mientras los hombres seguían enfrascados en el juego y pagaban con coctelitos de tumbo cuando perdían, y las señoras mayores conversaban en torno de una mesa, los anfitriones empezaron a llenar de cuencos la mesa del bufet. Yo andaba acechando por ahí, cámara en mano, atento a los primeros aromas que dejaban escapar las bandejas humeantes. Impagable la sensación vaporosa de un chanchito en su jugo sazonado de ají colorado, ajo y especias. Llamaron al “autoservice”: ellos seguían con su rayuela y mis tías distraídas con la charla. Esperé a los mayores, como mandan las buenas costumbres. Como casi nadie se movía, fui uno de los primeros en atacar. La carne, lo que es para mí tiene que estar bien calentita. 

Comí el doble, tal cual acostumbro en ocasiones especiales. Si es por algo sabroso, no me hago de rogar. Por tales manjares me olvido de mi régimen de gimnasio de medio tiempo y por otro lado mi genética familiar ayuda. Después de todo, pertenecer a Los Latas (el apodo de mi abuelo difunto) tiene sus ventajas. Así de memorable estuvo el diachaku de mi tío Lata Freddy. Hasta me acoplé al juego, de buena gana. Después de un gustito así, lo que quieran, me dije. Pese a los chuflays y los denodados esfuerzos fracasé como siempre. Refunfuñé contra mí mismo. Hasta mi hermano menor se lució en mis barbas. Y eso duele.
 
Teníamos hasta agua del limonero para nuestros chuflays

Extra:
Decía que no perdono cualquier cosa apetitosa que sale del horno. Hace unos meses cuando degustaba, en otro lugar,  un cabrito asado con pastel de fideo, un niño que andaba jugueteando con otros chicos, cada un tanto venía a meterle el pellizco al resto de pastel de fideo que sobraba, ya frio. Justo lo que yo hacía cuando era un mozalbete: tenía la mala costumbre de meterle mano solo a la parte superior del pastel, su parte más crocante y deliciosa, formada por una capa delgada de ahogado de cebolla, tomate y ají, y salteada con rebanadas de queso que se fundían dentro del horno. El resto sabía a fideo cocido y punto. Ni qué decir de las papas al horno, glaseadas o no, devoradas con cáscara y todo saben mejor. Ah, si la vida sólo fuera devorarla.

Pastel de fideo, tal como sale del horno
Cabrito al horno que me zampé una tarde.
Hasta me deleité con pavo relleno, yo que no soy de aves
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