Los ceibos definen a Independencia, tierra de indomables
guerrilleros, de bosques neblinosos y de montañas agrestes. En todo el valle
cochabambino, el noble molle campea a sus anchas, menos en los alejados valles
palqueños. Por una extraña razón, la madre naturaleza ha dispuesto que ese
lugar sea ocupado por los chilijchis de copa colorada. Centenarios
eucaliptos, perfumosos cipreses y
aletargados sauces llorones bañan el municipio más verdoso del departamento de
Cochabamba, sin contar el trópico. Sin embargo, tanto verde puede llegar a
abrumar, como el mar desierto azul. Es entonces que los ceibos ponen el color.
Y la vida cambia de matiz para huirle a la monotonía.
A pocos pasos del pueblo mismo, una ancestral
figura de barbas pobladas da la bienvenida a los viajeros, hijos pródigos
desperdigados por el mundo que retornan al seno y forasteros de incierto
caminar. A dos palmos del puente de piedra que salva el rio Palca, se yergue el
señorial ceibo que vigila el sueño de sus habitantes. Testigo mudo de obligados
pasos de mulos y caballos cargadores de maíz y otros granos, de juguetonas
pastorcillas que a una sola mirada cuentan sus ovejas, de incontables paseos de
parejas enamoradas, observador del paso veloz de ciclistas y otras almas
rodantes; como un quieto calendario va destapando los folios del tiempo. Su
cambiante estampa anuncia las estaciones: de brazos desnudos cuando arrecia el
invierno, de coqueto rojo semblante cuando llega la primavera, de amarillo de
orquídea cuando se asienta el verano con sus copiosas lluvias, de hojas que
huyen en canciones de ventarrón otoñal.
Así es nuestro árbol emblema, recio chilijchi que
en sus barbas, alguien dice, se conservan antiguas historias. Como imperturbable guardián de
generaciones, ha visto el ir y venir de la vida. El rio que acaricia sus
raíces, puede dar fe de ello.
Imágenes: Facebook
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P.D. Mi tío abuelo Federico, veterano de la
campaña del Chaco y un poco poeta el hombre, nos dejó este primoroso legado,
transformado en canción. En quechua, la misk’i simi, la más dulce de las
lenguas.






