01 noviembre, 2017

5 Postales de mi tierra: el árbol de la vida





Los ceibos definen a Independencia, tierra de indomables guerrilleros, de bosques neblinosos y de montañas agrestes. En todo el valle cochabambino, el noble molle campea a sus anchas, menos en los alejados valles palqueños. Por una extraña razón, la madre naturaleza ha dispuesto que ese lugar sea ocupado por los chilijchis de copa colorada. Centenarios eucaliptos,  perfumosos cipreses y aletargados sauces llorones bañan el municipio más verdoso del departamento de Cochabamba, sin contar el trópico. Sin embargo, tanto verde puede llegar a abrumar, como el mar desierto azul. Es entonces que los ceibos ponen el color. Y la vida cambia de matiz para huirle a la monotonía.


A pocos pasos del pueblo mismo, una ancestral figura de barbas pobladas da la bienvenida a los viajeros, hijos pródigos desperdigados por el mundo que retornan al seno y forasteros de incierto caminar. A dos palmos del puente de piedra que salva el rio Palca, se yergue el señorial ceibo que vigila el sueño de sus habitantes. Testigo mudo de obligados pasos de mulos y caballos cargadores de maíz y otros granos, de juguetonas pastorcillas que a una sola mirada cuentan sus ovejas, de incontables paseos de parejas enamoradas, observador del paso veloz de ciclistas y otras almas rodantes; como un quieto calendario va destapando los folios del tiempo. Su cambiante estampa anuncia las estaciones: de brazos desnudos cuando arrecia el invierno, de coqueto rojo semblante cuando llega la primavera, de amarillo de orquídea cuando se asienta el verano con sus copiosas lluvias, de hojas que huyen en canciones de ventarrón otoñal.


Así es nuestro árbol emblema, recio chilijchi que en sus barbas, alguien dice, se conservan antiguas historias. Como imperturbable guardián de generaciones, ha visto el ir y venir de la vida. El rio que acaricia sus raíces, puede dar fe de ello. 




Imágenes: Facebook
___

P.D. Mi tío abuelo Federico, veterano de la campaña del Chaco y un poco poeta el hombre, nos dejó este primoroso legado, transformado en canción. En quechua, la misk’i simi, la más dulce de las lenguas.

27 octubre, 2017

2 Postales de mi tierra: Phiña Laguna





Al noroeste del pueblo, más allá de los confines del bosque de Phajchanti, decíase que había una cierta laguna de aguas quietas pero tempestuosas a la menor provocación. Las malas lenguas afirmaban que cobraba vida, aquel estanque perdido entre nubes y montañas, si algo perturbaba la calma de su superficie. Circulaban viejos cuentos de que pastorcillos habían sido tragados hasta su volcánico fondo por andar en las orillas tirándole piedras por mera diversión. Empero, las más de las opiniones coincidían en que lo de “phiña” (brava, iracunda) se debía al mal tiempo que allí reinaba usualmente: densas brumas y lloviznas permanentes, vientos húmedos y silbantes, tan normales en semejantes páramos perdidos de los Andes. Pero la leyenda permanecía y tenía su efecto disuasorio hacia los intrusos.  


Naturalmente, aquellas misteriosas historias nos tenían atrapados cuando éramos chicos. Hace más de veinte años emprendimos la caminata rumbo a su encuentro, espoleados por la curiosidad. Nuestras incursiones, por entonces, no pasaban de adentrarnos en las espesuras verdes de Phajchanti. Más allá de ese bosque primitivo, lo demás nos sabía lejos, lejísimos, y el sendero se tornaba demasiado ascendente hasta perderse en las moles del horizonte. Sabíamos que detrás solo había cerros y más cerros que tramontar. Aquello era descorazonador para muchachos acostumbrados a moverse entre paisajes verdes y arbolados.  


Insignificantes matorrales y el suelo alfombrado de paja brava nos acompañaban todo el camino. Recobrábamos aliento y esperanza cuando en alguna quebrada divisábamos siluetas de khewiñas, acaso los arbolitos que crecen a mayor altura en el mundo. No había cuándo termine esa sucesión de colinas yermas y entornos rocosos de tristes tonalidades. Pero la laguna nos llamaba, escondida en las oquedades de esas montañas sin nombre. El espíritu aventurero nos jaloneaba de alguna manera, a pesar de la sed, a pesar del cansancio que íbamos cargando. 


No recuerdo cuántos fatigosos kilómetros nos apuntamos aquel día. Solamente me queda claro que llegamos a las fuentes de ese ignoto manantial al mediar la tarde, con el sol ya posicionándose en el poniente. Tuvimos suerte, los rayos de sol reflejándose en sus aguas cristalinas compensaban con creces el esfuerzo. Había algo de espíritu curador en aquel solitario paraje de heladas aguas. Sumergimos los pies unos segundos en sus orillas, hasta que los huesos sintiesen el rigor. Decíase, que en sus honduras moraban truchas tan largas como espadas. No parecía haber vida en aquel entorno pero nosotros nos sentíamos rejuvenecidos. Silencio total, interrumpido por alguna leve ola que el viento arrastraba suavemente. Quietud embriagante, pureza de aire llenando los pulmones. Prístina belleza en el ocaso del mundo. 


 


 -----------------------
PD.  Aquí la banda sonora de la evocación

Fotos: Facebook


 


21 octubre, 2017

2 Postales de mi tierra: Caballo Cunca




El misterio habitaba en Caballo Cunca.

Un día de aquellos, por pura diversión de niño, te ibas a las tierras bajas al sureste del pueblo. Único y extraño paraje de suelos ardientes y cactus como cirios gigantes, a la vera del camino. Por todo bicho, cigarras metían bulla escondidas entre los espinos de los algarrobos. Eso era La Vega, tierra de espinos y huertas de chirimoyas con muros de nopales. Donde brotaban algunos hilos de agua crecían como juncos unos escasos cañaverales. Viejo trapiche en el patio de alguna casa con aires de abandono. No había almas a la vista, a veces tropezábamos con cabras montaraces. Lo demás era matorral y sequedad agobiante como en las infernales arenas del Chaco. 

Oíamos historias. Que enormes víboras cascabel que decían que allí moraban. Que tarántulas apasankas más peludas que un mono. Que saltamontes del tamaño de palos. Pero yo alucinaba con Caballo Cunca, aquella intrigante montaña pelada que escondía un desconocido mundo para mí. Donde finalizaban los bajíos de La Vega, el rio se angostaba bruscamente, aprisionado por una estrecha garganta. La gente decía que era imposible seguir bajando por ese desfiladero de rocas que parecía conducir a las entrañas de la Tierra misma. Del otro lado de Caballo Cunca, me imaginaba que había un espeso bosque de niebla permanente, trajinado por tarukas con cornamentas doradas, pumas azules y zorros rojos. 

Parecía que Dios había creado un gigante para vigilarlo todo. Le sobrevivía su cabalgadura petrificada.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
 

El Perro Rojo Copyright © 2011 - |- Template created by O Pregador - |- Powered by Blogger Templates