12 diciembre, 2017

2 La casita del niño redentor




La Paz, ya luce otro atributo más para reforzar su condición de “ciudad maravilla”, una urbe que se enorgullece de sus flamantes teleféricos que la surcan por todo lo alto, rutilantes ‘obsequios’ del magnánimo Evo Morales, pero cuyos muertos no tienen dónde caerse muertos –casi literalmente-, ya que su morgue funciona en un depósito improvisado desde mucho ha. 

Estos días, empleados del gobierno evista, contagiados del espíritu navideño, instalaron un gigantesco árbol de luces con sus regalos respectivos para impresionar a todo transeúnte que pasara por plaza Murillo. Sin embargo, desde el ministerio de Festejos, también llamado de Comunicación vieron que aquello era insuficiente para encandilar a los niños paceños,  así que se ordenó levantar a pocos metros, una réplica de la humilde vivienda donde nació el redentor. Por feliz iniciativa de algún avispado, bautizaron la estructura como Casita de los Deseos, que según portavoces gubernamentales se construyó para “rescatar una tradición”, aunque nadie sabe en qué planeta será tradicional todo aquello.

Por alguna extraña coincidencia o repentina alineación de los astros, la casita se parece demasiado a la casa del caudillo de su natal Orinoca. El insólito adefesio fue elaborado con materiales metálicos y telas impresas a todo color que imitan los adobes y techumbre de paja de la humilde morada del mesías orinoquense. Tanta humildad debería ser acongojante y abrumadora. Pero no. 

Porque a escasos metros, justo detrás del viejo Palacio Quemado, se está construyendo a toda marcha el faraónico nuevo Palacio de Gobierno, una inmensa y horrenda estructura de 29 pisos que, aparte de romper bruscamente la armonía arquitectónica del centro histórico de la ciudad, viene a ser de lejos, el edificio más caro de La Paz cuyo costo rondará los 40 millones de dólares, incluyendo decorados y equipamiento. O tal vez más cuando se añadan los muy refinados gustos plurinacionales por las alfombras persas y los muebles importados de última generación. Vaya uno a saber cuánto costarán las burdas imitaciones tiahuanacotas y otras pomposidades seudoindígenas que adornarán la fachada cuando todo esté terminado. 

Y así, desde las alturas de su humilde despacho de la Casa Grande del Pueblo (‘palacio’ es muy colonial, ya saben), el humilde soberano le echará una mirada extasiada a todo su reino. Y cuando se aburra, bien podrá subir al helipuerto para darse una escapada a su residencia veraniega, perdida en las ardientes llanuras del trópico cochabambino.


01 diciembre, 2017

2 Luz verde al reyezuelo





Se venía venir el golpe que el Tribunal Constitucional le ha propinado a la democracia boliviana en los últimos días, al emitir la resolución que habilita a Evo Morales para candidatear indefinidamente. Los bolivianos creíamos ingenuamente que los tiempos de la dictadura eran un triste recuerdo. Más de treinta años de convivir en aparente democracia, con gobiernos que se alternaban, nos dio el falso convencimiento de que éramos una sociedad bastante madura. Si hasta los organismos internacionales nos tomaban como ejemplo de estabilidad frente a otros países del vecindario.

Hasta que llegó el régimen del MAS al poder y todos los rescoldos primitivos, los resabios despóticos,  las taras fundacionales y otros escollos atávicos que permanecían latentes afloraron con tal fuerza que en menos de diez años nos devolvieron de sopetón a épocas prácticamente feudales. Se impuso el chicote, símbolo punitivo del patrón, como método de coerción de la nueva dictadura sindical. La masa ignorante, arreada cuantas veces sea, fue elevada a una falsa categoría de bienestar y poder, para el aprovechamiento de unos cuantos que decían representarla. 

El nuevo régimen, disfrazado de retórica socialista, desmanteló paulatinamente la institucionalidad que tanto había costado construir en las últimas décadas, bajo el pretexto de que era herencia del colonialismo. Todos los organismos del Estado fueron copados por gente militante y se dijo adiós definitivo a la independencia de poderes. Desde entonces, Evo Morales gobierna a capricho, haciendo de Bolivia una auténtica autocracia, donde para disimular se convoca a elecciones y referendos. El pueblo llano es instrumentalizado a través del ritual engañoso del voto, que más tarde es corregido en mesa, a puertas cerradas con la anuencia de un Tribunal Electoral obediente. Cuando el fraude no es suficiente, se recurre al rodillo parlamentario para aprobar las disposiciones que convengan al régimen o, finalmente, se ordena al órgano judicial para completar la tarea. 

Una camada de sirvientes con toga, cometió en días pasados la peor de las aberraciones jurídicas. Pasándose por el forro el texto de la Carta Magna y riéndose en el resultado del referendo de 2016 (donde ganó el No a una nueva reelección), autorizó sin sonrojo alguno que Evo Morales reine en el país ad eternum, justificando su fallo en que se le estaba negando al caudillo uno de sus derechos políticos, al impedírsele que sea reelegido continuamente. En una suerte de lógica retorcida, hicieron una interpretación antojadiza de la Convención Americana sobre Derechos Humanos de San José, Costa Rica, cuyo espíritu establece lo contrario, para impedir que los gobernantes se eternicen en el poder. Pero no importa, le “metieron nomás”, porque así se lo ordenaron desde Palacio Quemado. 

Si este golpe a la Constitución hubiese sido ordenado por un gobierno neoliberal, todo el mundo estaría hablando de un nuevo “fumijorazo” y, seguramente, los izquierdosos del planeta se estarían desgañitando en gritos histéricos de indignación y ya se estarían preparando las condenas y sanciones internacionales de todo lado. Como era de esperar, la prensa extranjera apenas se hizo eco de la noticia poniendo titulares anodinos, como si se tratara de un simple trámite administrativo que emprendió el régimen, con todas las de la ley para mayor desfachatez. Por poco, los diarios no reflejaron que se trataba de otra anécdota más. 

Porque estamos ante un golpe de Estado en toda regla, sólo que acudir a las tropas militares para la consecución de los fines está pasado de moda y casi siempre acarrea derramamiento de sangre. Resulta más fácil y hasta “democrático” ordenar a los esbirros judiciales para que efectúen el trabajo sucio. Qué mejor que orquestar el delito por etapas, ante la contemplación benevolente, y a veces cómplice, de instancias internacionales. Hasta ahora no se han oído pronunciamientos firmes o de peso que hagan recular al régimen. Los funestos precedentes del caso venezolano (que ni con todos sus muertos que carga Nicolás Maduro, las tibias sanciones no le hacen mella), nos lleva a pensar que en el caso boliviano tampoco ocurrirá nada relevante y en poco tiempo pasará al olvido. 

Entretanto, nos tienen distraídos con sucesivas elecciones y otras grotescas pantomimas, donde elegimos todo pero no decidimos nada. Por lo menos se hubieran ahorrado esos casi 20 millones de dólares que costó el último referendo, si al final seis imbéciles útiles torcieron la voluntad de millones, en las penumbras de un tribunal. Que siga la “fiesta electoral”, entonces; que nuestro país es referencia mundial y hasta interplanetaria. Preparémonos para asistir a la coronación formal del Rey Chiquito con toda su corte de bufones, eunucos, odaliscas y chambelanes. 


28 noviembre, 2017

2 Postales de mi tierra: Tomoqoni





Cuando hayas llegado a Independencia y creas que tienes el tiempo justo, ve por la parte noroeste del pueblo siguiendo la carretera que lleva a Machaca. Vete caminando, el trayecto no te defraudará, pues el aroma resinoso de los eucaliptos acariciados por el viento te hará sentir el respiro de la naturaleza. Habiendo llegado al rio que atraviesa la ruta, toma un necesario descanso mientras observas hacia el norte: ante tus ojos se despliega Tomoqoni, el sitio más imponente y salvaje de Independencia.

Tomoqoni es la más extraña combinación de monte y montaña. Una continúa sucesión de barrancos de cuyas laderas cuelgan milagrosos árboles y matorrales diversos. Bosques casi verticales que se pierden en un hondo cañadón por el cual discurre un tranquilo, pero a veces fiero, riachuelo cristalino del mismo nombre. No hay forma de seguir el curso aguas arriba, ya que a menudo se estrechan las paredes rocosas y abruptos desniveles del lecho impiden el ascenso. Pero se dice que esos inexpugnables sitios esconden cascadas de virginal belleza.

En las alturas de Tomoqoni, en su impenetrable espesura, gallinas de monte se mimetizan entre el oscuro follaje, y urinas (cervatillo) pastan por sus senderos invisibles. Son los dominios del puma que acecha y que nadie ve. La niebla deja caer su lluvia fina para envolver el paisaje de suave melancolía. Pero en los días clareados, el sol desparrama toda su luminosidad sobre las hojas de los arrayanes, y los alisos de reversos plateados cobran nuevo brillo. 

A pesar de no poder trepar monte arriba, habrá espacio para conocer algunos senderos que bordean el accidentado rio, al tiempo que nos toparemos con helechos de todos los tonos verdes, begonias silvestres floreciendo en las paredes musgosas y otras insólitas plantas prosperando en los humedales. Libélulas de rojo metálico y mariposas de encendidos colores merodean en torno de charcos y manantiales. Fucsias salvajes tentarán con sus frutos morados y en la maraña de bambúes cuelgan delicados nidos de picaflor. Por todos lados inunda el frescor del aire, el tenue perfume de las muñas y salvias. El agua que cae cantarina desde una oculta cascada. 

Así es Tomoqoni, monte que sube hasta los bordes del cielo, montaña que baja hecho rio. 



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