07 diciembre, 2016

1 Bolivia y la cultura de “le meto nomás”


A una semana de la tragedia del club Chapecoense y que por sus implicancias compromete a todo el Estado boliviano, continúan saliendo a la luz mayores detalles que siguen añadiendo eslabones a la cadena del desastre. Si bien, los indicios apuntan a que la responsabilidad mayor la tuvo el piloto (hay que ver cómo algunos deslindan la misma como si aquel fuera el culpable de todo); no obstante, pocos han hecho hincapié en el problema de fondo, que tiene que ver con la institucionalidad (o más bien la falta de ella) del país en su conjunto.

Ayer desperté con la surrealista noticia de que las autoridades de la Dirección General de Aviación Civil (DGAC) estaban golpeando las puertas de la empresa LaMia, para que esta “avale su funcionamiento con documentación”. Increíble, después de que se había caído el avión, estaban yendo a exigir poco más que la licencia de operación a la aerolínea, como si se tratase de una rutinaria inspección a una licorería u otro negocio menor para ver si todo está en regla. Todo el mundo se pregunta cómo fue posible que una compañía que ni en la desastrosa Venezuela pudo obtener permiso durante cinco años, se mudara pronto a Bolivia y, en dos patadas, como decimos vulgarmente, obtuvo la certificación para poder montar el chiringuito de los viajes chárter.

Tan desconocida era la aerolínea, que casi todos nos enteramos de su existencia a raíz del accidente, incluyendo el poderoso usuario del avión presidencial, quien se mostró sorprendido de que LaMia tuviese matrícula boliviana y estuviese autorizada para volar, argumento que a las pocas horas fue desmentido por varias fotografías donde lo mostraban en el interior de un vuelo para inaugurar un aeropuerto beniano, sonriendo en compañía de un ministro y otras autoridades, casualmente en el mismo avión siniestrado. Como tampoco se había enterado de que la aerolínea era administrada por un exmilitar que había sido su piloto de confianza. A su vez, este jubilado piloto tenía de enchufado a su hijo en la DGAC, desempeñándose como director de Registro Aeronáutico Nacional hasta hace unos pocos días. ¿Ahora entienden cómo Lamia levantó vuelo sin mayores requisitos? Yo tampoco.

Por demás resulta risiblemente patético que, una vez ocurrido el accidente, los jerarcas del Gobierno hayan decidido cortar cabezas inmediatamente tanto en la DGAC como en Aasana (institución que controla los vuelos), como si con ello pretendieran aplicar borrón y cuenta nueva. ¿Quién nombró a funcionarios tan incompetentes para desempeñar labores tan delicadas? ¿Por qué permitieron que el avión partiera con el combustible justo y, si estaba programada una escala técnica en otro aeropuerto, por qué no la hicieron cumplir? ¿Por qué permitían operar a la aerolínea si no honraba sus deudas a la FAB por concepto de mantenimiento? ¿Cómo es que nadie sabía que el piloto tenía un proceso disciplinario dentro de la FAB?, ¿Cómo puede ser posible que una misma persona sea a la vez piloto y copropietario de una aerolínea, acaso no hay conflicto de intereses en ello? Todas estas preguntas permanecen en el aire, mientras el Gobierno se querella contra una experimentada funcionaria de Aasana, quien en su defensa arguye que había observado cinco irregularidades en el plan de vuelo, y que pese a ello el viaje no se interrumpió, sin saberse hasta ahora quién dio el permiso de salida.

Cuesta creer que una empleada de bajo rango haya tomado una iniciativa de tamaña responsabilidad, lo que lleva a la interrogante de que ¿será posible que los controladores aéreos toman decisiones tan cruciales, así por así? Una vez más, despidiendo o encarcelando a mandos medios u operativos como lo hicieron con el Fondo Indígena, YPFB, Epsas, y otras empresas estatales pretenden hacer creer a la población que se combaten la corrupción y otras anormalidades (con estos antecedentes, la funcionaria de Aasana ya se ha dirigido a la frontera brasileña a solicitar refugio). Parte de la ciudadanía se tragará el cuento sin rechistar, pero no podrán engañar a los organismos mundiales. La imagen del país está por los suelos y se cierne la amenaza de sanciones internacionales a la aeronavegación.

Lo sucedido con el avión del Chapecoense supone la coronación de la norma evista de “meterle nomás”. En honor a la verdad, esta forma tan desordenada de hacer las cosas, data desde tiempos antiguos, mucho antes de la llegada del caudillo al poder. Sólo que bajo su gubernatura, este malsano proceder ha alcanzado proporciones épicas, a tal punto que se ha institucionalizado en todas las instancias del Estado, valga la contradicción. La cultura de la improvisación figura en el ADN de la sociedad boliviana. Es cosa de todos los días, con acciones que van desde la simple rutina hasta decisiones transcendentales o de gran importancia. Nadie en su sano juicio –con excepciones-  usa el cinturón de seguridad de un vehículo y muy pocos motociclistas circulan con el casco en la cabeza. Si no fuera por una ley obligatoria (promulgada hace poco más de una década) nadie compraría seguros contra accidentes de tránsito. Este es el país de los muelles atados con gomas para ahorrar unos pesitos por no ir al taller mecánico, como todavía siguen circulando vetustos micros con garrafas de GLP instaladas clandestinamente, unas verdaderas bombas de tiempo. El último fin de semana una riada se cobró tres vidas, sin llover copiosamente, en un barrio norteño de Cochabamba; lo de siempre, por colapso de unas construcciones irregulares en medio de quebradas o torrenteras, levantadas a la vista de las autoridades. La codicia mueve a opulentos propietarios a construir “nomás” edificios por encima de la autorización municipal, total se paga una multa y queda todo regularizado. Hace unos años, en la ciudad de Santa Cruz, se desplomó un edificio de diez pisos, matando a quince trabajadores, porque al dueño se le ocurrió añadirle un apartamento a la azotea o algo parecido.

Y así podríamos seguir enumerando pequeñas y grandes violaciones a las normas, atropellos al sentido común y otras falencias que a veces rayan en la negligencia criminal. Sería ingenuo pensar que era la primera vez que el avión de LaMia operaba al filo del reglamento, conociendo la permisividad de las autoridades nacionales. El último dato es que ayer por la tarde detuvieron al gerente de LaMia, mera cortina de humo para desviar a la opinión pública de las implicaciones de fondo, que tienen que ver con la oscura propiedad de la aerolínea, ligada a capitales venezolanos y seguramente con nexos en el gobierno local (anoche, el ministro vinculado al ramo, dijo que “no podía dar el dato con precisión” acerca de quiénes eran los propietarios). Si el accidente hubiera ocurrido en suelo boliviano, ya estarían los serviles burócratas empeñados en tapar el caso, como lo hicieron con tantos otros. Pero dada la amplia repercusión del infortunado club brasileño, el lío se les ha ido de las manos, y el resto del mundo estará tomando nota de cómo se hacen realmente las cosas en Bolivia. 


29 noviembre, 2016

2 ¡Yaaah!... es una broma, ¿no?


En momentos que la ciudad de La Paz es noticia mundial por su severa crisis de agua, apelo a una expresión muy paceña que denota incredulidad, extrañeza o sorpresa; y cuyo origen, algunos atribuyen a la influencia de inmigrantes alemanes, como también podría tener una explicación natural asentada en el lenguaje popular. Aquí en el valle cochabambino, por ejemplo, se dice que los quillacolleños (mis vecinos a trece kilómetros al oeste) arrastran un improbable origen francés: “le voa decir”, “lo voa pensar”, “voa ir”, etc. Como, asimismo, un peculiar acento british persigue a los sacabeños (mis vecinos al este): “ley di decir”, “ley di esperar”, “mey di ir”, etc. Así que cuando uno de afuera se deja caer por la ciudad del Illimani, al rato pone cara de aturdido al escuchar en cualquier conversación, aun en círculos de la alta sociedad, una sonora y alargada interjección que hace pensar que estamos en tierras de los Alpes en vez de los Andes.

Y así una vez más, como lo vienen haciendo desde hace diez años, los inquilinos del poder -bien asentados en La Paz para más señas-, nos quisieron ver la cara de gringos al declarar muy sueltos de cuerpo que se enteraron del desabastecimiento mirando la televisión, que nadie les había avisado de que había que tomar previsiones, sorprendidos en su buena fe por la Pachamama que de la noche a la mañana decidió cortar el vital suministro, portándose de “otra clase” y eso que todo el año le ofrecen sahumerios, misas ancestrales y otros mixturados homenajes para que lluevan y sigan lloviendo sus dones.

Elevando hasta las nubes sus rostros de indignados, los dos principales jerarcas del régimen anunciaron que enjuiciarían a los directivos de Epsas, responsables de semejante “barbaridad”, grupúsculo de burócratas ineptos que habían cometido el “crimen” de dejar sin agua a la ciudad más importante del país, a los que había que castigar sin misericordia, dejaron translucir. Y como por arte de magia, a la ministra de Aguas (un despacho exclusivo para su opaca labor, nada menos) no le jalaron ni la oreja y hasta le dieron un mes de gracia para que vaya preparando sus informes, mientras la ciudadanía hierve de rabia esperando explicaciones.

En plena tercera semana de racionamiento, los vecinos todavía hacen cola con sus tachos y bidones a la espera de los ansiados camiones cisterna. Todo lo que tenía pinta de tanque con ruedas ha sido movilizado. La Organización Panamericana de la Salud ha anunciado el envío de expertos para vigilar in situ cómo lavan las cisternas de la petrolera estatal. La cancillería argentina ha tuiteado que estaba dispuesta a enviar cisternas nuevas para paliar la escasez de cisternas. Hasta el gobierno chileno se ha brindado en las últimas horas a coadyuvar con el desastre, aunque no sabemos si embotellará agua que sale de los manantiales de territorio potosino para traérsela de vuelta a los bolivianos.

Ayer por la mañana me he desayunado un titular de antología: “crisis del agua también golpea a la casa del Vice”. Pensé que se refería al publicitado sacrificio que el prohombre había efectuado días atrás, al confesar que no se había bañado en tres días, mientras ponía cara de compungido. Pero inteligentemente el hombre más inteligentoso del país había solucionado su crisis particular mandando a perforar el muro de su casona para que la manguera del camión aguatero pudiese llegar hasta sus depósitos. Por el contrario, a la ciudadanía toca someterse al régimen de ajo y agua que el gobierno sugiere: ajoderse y aguantarse. 
El Vice, mostrando cómo logró solucionar la crisis...de su casa.

Y ante los ríos de tinta que corrieron en todo el mundo a favor y en contra del finado Castro, aparté mis ojos de tales publicaciones porque no estaba dispuesto a regalar mi preciado tiempo. Sería un homenaje ponerse a revisar los laudatorios (y aun los vituperios) a semejante tirano que llevó a la ruina a su paradisiaca isla. Sin necesidad de estudiar los supuestos logros de su salvadora revolución, me vienen a la mano algunas anécdotas de sus compatriotas llegados a Bolivia en los últimos tiempos, para hacerme una idea del sufrimiento al que sometió a la inmensa mayoría de cubanos. Me contaba un familiar que alquiló su casa de pueblo a algunos de ellos mientras estaban en misión médica en áreas rurales, generando divisas para el gobierno cubano, que con parte de su paga podían comprar arroz y frijoles en abundancia en territorio boliviano para darse sendos banquetes que nunca habían experimentado en suelo propio. Se veían siempre felices y a veces me invitaban a sus cenas, concluía mi pariente. En algún periódico había leído también que estas gentes se maravillaban al ver por primera vez los montículos de fruta de nuestros mercados y más aun al enterarse de que podían comprar la cantidad que se antojaran, sin duda acostumbrados a las penurias del racionamiento. ¡Qué clase de paraíso socialista será ese en que los habitantes no pueden gozar ni de pescado fresco, precisamente viviendo en una isla!
Un imberbe, explicando maravillas de los barbudos revolucionarios.

Recordando estos antecedentes me topé de chiripa, el domingo por la noche, con un programa de tertulia televisiva disfrazada de opinión donde suelen invitar a intelectuales de diverso pelaje y personeros del Gobierno. Como me esperaba, casi todos se esforzaban en rendir homenaje al “hombre que definió la historia del siglo XX”, destacando en todo momento su perfil “humanista”, como olvidando adrede la cantidad de víctimas que tenía en su haber el líder supremo. El pináculo de la hilaridad llegaba en ese momento que un par de ellos llegaban a coincidir en que la “Revolución Cubana  logró construir un sistema de democracia popular”. Por las barbas de Fidel, me dije, qué modélica democracia aquella de partido único, sometida al yugo de un dictador durante más de medio siglo, y donde la disidencia se pagaba con juicios sumarios, cárcel y muerte, como bien lo supieron el comandante Huber Matos y otros miles de presos políticos. Cansado de tanta estulticia decidí apagar el televisor.

Cosas rocambolescas son prácticamente la norma en este rincón tan dejado de Dios. Semanas atrás, otro bombástico titular nos dejaba turulatos, cariacontecidos y patidifusos a muchos, al saberse que conmilitones masistas estaban llamando a los habitantes de Montero a acudir a la kermesse solidaria a favor de la exministra de Tierras y Desarrollo Rural, quien según el mensaje de la convocatoria, estaba atravesando un momento muy duro en su alojamiento temporal de la cárcel y se hallaba, para mayor conmoción, más llesca que un mendigo de las calles de Santa Cruz. ¿Cómo había sido posible que la ministra favorita de Evo Morales, jefa máxima del saqueado Fondo Indígena, se hallase de pronto sin un peso, y más aun después de que se la acusaba de haber prosperado a costa del saneamiento de tierras fiscales, además de ser propietaria de una empresa frigorífica vinculada a la ganadería?
Cupón para ayudar a la revolucionaria compañera Achacollo.

Mientras daba vueltas al coco buscando explicación a estos contrasentidos, ahí me cayó del cielo a modo de puñetero granizo otra perlita de politiquería plurinacional: una senadora cruceña se había impuesto la misión, cual alocada groupie, de hacer lobby para los artistas que le quitaban el sueño.  Al parecer, querían premiar de fondo sus invaluables servicios al Estado, mejor dicho, al amado Jefazo, al acompañarle una noche al compás de guitarras y whiskys azules. Por azotarnos durante cuarenta y cinco años con sus melosos graznidos, los camaleónicos Kjarkas pasaban a ser considerados “tesoro humano viviente” por decreto en ciernes. Así que, si me los veo pasando de nuevo ante mis narices por las calles de Cochabamba, deberé santiguarme como si contemplase un unicornio azul o un auténtico fósil viviente como el celacanto. ¡Qué kjarkiano es este paisito!, ¡mierda!... kafkiano. Otra vez que me traiciona el subconsciente de tenerlos hasta en la sopa.

Aquí concluye esta antología del chiste serio. Hasta nuevo aviso.

Frótense los ojos, por si no se lo creen.




24 noviembre, 2016

3 Los paceños y su calvario por el agua

El duo dinámico, descubriendo una laguna "virgen" para salvar a los paceños 

Uno ve los noticieros, las abundantes fotografías en Internet, y pareciera que la ciudad de La Paz atraviesa un estado de guerra o el día después de una calamidad como un terremoto. Eso sí, los edificios están de pie, intactos. Pero el semblante de la población afectada dice otra cosa: desesperación, cansancio, indignación, rabia contenida. Por poco algunos corren tras los camiones repartidores como refugiados famélicos en procura de una hogaza de pan. Sólo que en vez de pan se reparte agua. El gentío a duras penas mantiene el orden en la fila, a veces vigilada por efectivos de la Policía Militar que de cierto modo rodean los carros cisternas. La gruesa manguera se extiende como una anillada serpiente, entre los baldes y bidones alineados unos tras otros. Afortunadamente no hay discusiones por la cantidad, se llena todos los contenedores que las personas puedan acarrear.

Estas estampas se han vuelto una constante en las dos últimas semanas en la sede de Gobierno. Más de noventa barrios se han visto racionados de sopetón en el aprovisionamiento de agua. La medida extrema ha pillado desprevenidos a la inmensa mayoría de los ciudadanos. Es penoso ver a tantos pobladores de las laderas y otras barriadas humildes bajando hasta sitios más accesibles, donde se anuncia que llegarán las cisternas, y luego emprender el camino de vuelta, con el sacrificio y peligro que ello conlleva, pues han de hacerlo también de noche, entre las sombras y la pésima iluminación de las farolas. No se salvan ni algunos jailones (ricachones) de la zona sur, que tal vez por primera vez en sus vidas han tenido que salir a la calle con sus bidones y hacer fila como los demás, lo que ha generado no pocas burlas en las redes sociales.

Tal panorama era impensable hasta hace algunos años para los paceños, quienes vivían felizmente rodeados de sus montañas y orgullosos de sus aguas cordilleranas convenientemente embalsadas que parecían garantizar el suministro permanente. Bien recuerdo que la última vez que viajé a la ciudad del Illimani (harán unos siete u ocho años) me impresionaba que el agua del grifo saliese con tremenda presión natural. Aquí llueve todo el tiempo, en un mismo día tenemos distintos climas; me puntualizaba un familiar, dando por hecho que no había de qué preocuparse.  Los cochabambinos estamos acostumbrados de toda la vida (o por lo menos desde que tengo conciencia) a la sequía, a los cortes permanentes, a los racionamientos escalonados y otras acciones de la empresa Semapa. Menos mal que ésta todavía permanece bajo el control del municipio, con relativa autonomía que le ha permitido adquirir cierta experticia para hacer frente a los constantes retos que supone la problemática local del agua potable.

No se puede decir lo mismo para la urbe paceña, donde el gobierno evista con el pretexto de que era un “recurso estratégico que debería estar en manos del Estado” se apoderó del servicio municipal de agua tanto en la hoyada como en El Alto, cual si fuera un botín político, para a continuación llenar los puestos de mando con sus militantes, la mayoría de las veces con nula cualificación técnica. El desastre no tardaría en llegar como ocurrió con la textilera Enatex y otras empresas donde el régimen puso sus garras. Las consecuencias de esa pésima gestión se han descargado sobre la ciudadanía, pues como reflejan las denuncias no se advirtió oportunamente sobre la carestía que se avecinaba, ni mucho menos se elaboró planes de contingencia o prevención. En resumidas cuentas, los despreocupados burócratas destinaban el presupuesto a recompensarse con jugosos sueldos mientras Epsas (la nueva estatal del agua) hacía aguas por todas partes, valga el absurdo.

De pronto llueve la solidaridad, hasta de sitios tan lejanos como Santa Cruz, cuyas autoridades ofrecieron mandar agua en abundancia siempre y cuando el Gobierno les enviase los camiones correspondientes. El ejército acantonado en la región se puso traje de campaña y movilizó a sus tropas y  vehículos cisternas que ellos llaman Neptunos. La estatal del petróleo destinó algunos de sus camiones, recalcando que son cisternas nuevas ante la desconfianza de la población. Como no podía ser de otra manera, la vapuleada Epsas también contribuye con lo suyo tratando de poner parches al asunto.

Entretanto, el hijo predilecto de la Pachamama recorre en las últimas horas los parajes de la cordillera en su helicóptero, para encontrar fuentes y otros manantiales con que sosegar a los sedientos paceños. Días antes había ordenado la destitución de los gerentes y otros cabecillas de la empresa responsable, mientras pedía disculpas a la paceñidad por el triste papel de sus funcionarios. Como queriendo decir “yo no fui”, matizó que se había enterado del desabastecimiento leyendo en los periódicos. Una muestra más de que el caudillo reina pero no gobierna. Toda su gestión se la ha pasado inaugurando obras y recortando cintas, jugando al fútbol y viajando a todo rincón del planeta donde precisan de su inimitable liderazgo. Hace diez años que hizo de la defensa de la Madre Tierra su bandera de lucha y continúa pavoneándose que, gracias a su gestión, la ONU ha reconocido el acceso al agua como un “derecho humano”.

Pero en esa década no se enteró de que el lago Poopó se estaba secando hasta que lo vio convertido en un desierto. Tampoco sabe que la principal necesidad de los cochabambinos es la carestía de agua (desde hace décadas), pero nos ha prometido construir un tren metropolitano de quinientos millones de dólares. Asimismo, no sabe que continúa subiendo la lista de municipios (ya casi un centenar) que se han declarado en emergencia por la sequía crónica que afecta a sus poblaciones, a quienes, como mejor remedio, Defensa Civil les envía tanques de plástico, bolsas de cemento, rollos de tuberías plásticas y otros paliativos. Tal vez no se enterado que la pista de Chacaltaya -que ostentaba el récord de campo de esquí más alto del mundo-, ya no existe más y que los nevados que la rodean son apenas unas motas de nieve entre sus riscos. Y sin embargo, sus escribanos y demás adláteres pregonan que el preocupado gobernante conoce la geografía nacional como la palma de su mano.

Como gota que colma el vaso, a los paceños los encandiló con sus coloridos teleféricos para que estos se enorgullezcan de su “ciudad maravilla” y otros cuentos. Cientos de millones de dólares que se hubieran invertido de mejor manera antes que en megalomaníacas obras de dudosa utilidad. Nadie había visto que las represas se estaban agotando. Nadie había notado que la Pachamama “otra clase está”, según afirmó el clarividente inquilino de la vicepresidencia, al enterarse de la crisis. No había sido culpa de nadie, sino del calentamiento global.
Un jefe militar explicando un plan de distribución de agua



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