14 septiembre, 2017

2 Una de empanadas y rosquetes

Rosquetes de lacayote (lo que queda)

Anoche vi en la televisión que el caudillo y su socio vicepresidencial fueron silbados y abucheados por un sector de la población cuando encabezaban el Desfile de Teas en una céntrica calle cochabambina. Nada parecía hacer mella en sus rostros grotescos de sonrisas prefabricadas y saludos amanerados que repartían a cualquier parte de la multitud para disimular. Ciertamente, causaba gracia aquel despliegue folclórico y policromático de autoridades con bandolera, uniformados con charreteras flanqueando, estandartes de toda laya y hasta azafatas disfrazadas de cholas vallunas bien aderezadas de celeste y blanco, a juego con los colores locales. “Fue el primerooo, salchicherooo, en la lucha marciaaal...”, solíamos cantar-en voz baja- cada vez que tocaba ensayar las sagradas notas del himno a Cochabamba, mientras nos aguantábamos las ganas de orinar. Fue hace tantos años, pero bien que me acuerdo, carajo.

Este día, 14 de septiembre, que se celebra a todo bombo y trompeta el aniversario departamental, me vienen a la mente las horas cívicas de mis tiempos de escolar. Menos mal que he olvidado toda esa parafernalia patriotera de representaciones históricas y demás puestas en escena que cada tanto se repiten en los patios de todas las escuelas de Bolivia. Para recordar a los héroes y protomártires, dicen. Y bien que recordamos su legado, jodiendo de mil maneras al país a cada rato. La historia de Bolivia es un bucle de un agujero negro que nunca termina.

Pero lo que no he olvidado son las sabrosas degustaciones que, tras esas agotadoras horas cívicas, efectuábamos en las puertas del establecimiento o inmediaciones. En otras ocasiones, cuando tocaba realizar los desfiles en la plaza del pueblo, apostadas en las esquinas, las vendedoras aguardaban con sus canastos repletos de bizcochos y otras masitas. Ese era el consuelo para tener que asolearnos durante horas frente al inmueble de la alcaldía donde reposaba el altar dedicado a los libertadores. Sonaban los himnos, agotábamos las gargantas de tanto cantar y gritar vivas y glorias a un sinfín de personajes. Y el cansino acordeón mal afinado, del profe de música, que nunca callaba. Por fin, casi al mediodía sonaba el silbato de retirada general y aquel mosaico de guardapolvos y uniformes se deshacía instantáneamente para ir al asalto de cualquier cosa que llevarse a la boca porque el estómago rugía de hambre. 

Me cuentan hoy que esas legendarias moldeadoras de rosquetes y empanadas rellenas con dulce de lacayote se han ido muriendo junto con la tradición. Nada había más suculento que chuparse los dedos después de devorar esos acaramelados rosquetes de textura blanda y entrañas de arrebatadora delicia con toques de canela. Tanta dulzura contenían aquellos manjares que las vendedoras tenían que lidiar en todo momento con las abejas que pululaban alrededor de los canastos. Ya en esos tiempos, circulaba la noticia de que una de esas artesanas había muerto del corazón por una de esas picaduras. 

Indudablemente, los famosos rosquetes blancos de Punata son dignos de comerse pero, al ser tan duros y faltos de relleno, nunca se me antojan al contemplarlos en la calle. Además, a mí todo lo merengue –empezando por mi aversión al Real Madrid- me empacha desde el principio. Ni modo, queda nomás vivir de dulces evocaciones porque mucho ha que no he vuelto a probar aquellas prodigiosas lamp’aqanas (empanadas de lacayote), de bordes crocantes y sabores insuperables. Encargué que me trajeran por lo menos unos rosquetes de la plaza de Independencia, pero al verlos que ahora los vendían sobre carretillas sentí un mal presentimiento. Efectivamente, su relleno era una miseria de dulce de lacayote y su masa una desgracia incomible. Se me despertaron las ganas de llorar. 

Rosquetes punateños
Pero mejor que se despierten las risas de antaño cuando pervertíamos los inmaculados himnos, en una suerte de inconsciente rebelión contra todo lo obligatorio. Había en el pueblo, una vieja vendedora de empanadas y rosquetes que respondía al apodo de la Ch’aska, no recuerdo si por su apariencia desarreglada o por sus largas pestañas. A quién se le habrá ocurrido dedicarle un chusco homenaje con una estrofa, no lo sé. El hecho es que cada vez que nos tocaba ensayar la Marcha Naval, no faltaba una vocecilla que cambiaba la letra justo cuando entonábamos la parte del coro, mientras el profesor de música entornaba las orejas para atrapar al díscolo. Tanto martillarnos con cánticos sobre un mar fantasmagórico, algo había que hacer, me digo en retrospectiva. He aquí las dos versiones, la del himno marítimo y la de un grupo de chicos, cuyo afán era en ese entonces echarse unas risas y nada más. 

“Antofagasta, tierra hermosa
Tocopilla, Mejillones, junto al mar
con Cobija y Calama, otra vez
a la patria volverá, volverá”.

“thanta (ruinosa) canasta de la Ch’aska
empanadas y rosquetes junto al té
con cobija y frazada, otra vez
a la cama volverá, volverá".



P.S. Escuchen el himno naval, y sabrán qué bien encajan los versos apócrifos.


07 septiembre, 2017

2 De paseos peatónicos y otros días jacarandosos


Lo único jacarandoso de ese dia fue este magnífico ejemplar


Gracias al majete de nuestro alcalde, el domingo pasado me vi obligado a callejear por cinco kilómetros. En estos tiempos de asfalto tal recorrido equivale a un calvario, mucho peor cuando ya no queda el amparo de la sombra de los árboles. Un verdadero festín han hecho de la Ciudad Jardín los burócratas de urbanismo y los empresarios del ladrillo. Sólo queda el cielo sobre nuestras cabezas, porque abajo y a los costados todo se ha plagado de espantosas moles de hormigón y ríos de lava apisonada que parecen las avenidas. Con autos la ciudad por lo menos tiene sentido, sin ellos es otro desierto que lamentar, pero más opresivo, monótono y deprimente. 

Así lo corroboré andando a pata desde la zona del estadio hasta un tercio de la Blanco Galindo. Gran pecado había que pagar por no tener bicicleta para sumarme a la manada ciclística que despierta sus instintos “saludables” tres domingos al año. Nuestro alcalde de la perenne sonrisa, en su cruzada por “revitalizar” los espacios públicos (ya lo hizo con la plaza principal donde lejos de añadir áreas verdes y plantar más árboles, a la inversa, derribó algunos y añadió más baldosas), puso sus blandas piernas a pedalear a la par que inauguraba unos kilómetros de ciclovía. Pocos días después, el recién pintado carril había sido transformado en parqueadero de motos a la vista de todos. Luego se asentarán las anticucheras, las hamburgueseras y demás comerciantes de comida chatarra para aprovisionar a los ocasionales ciclistas. Ah, los bolis somos incorregibles y después queremos que otros países nos imiten en esto de paralizar calles y carreteras y ponerle trancas a la economía con pretextos de combatir la contaminación. 

Para no hablar en balde y por pura envidia como me retrucarían algunos, salí a caminar con el beneficio de la duda esperando que tal evento por lo menos hubiese mejorado en sus casi veinte años que ya lleva institucionalizado y que ha sido emulado por otras ciudades del país (para orgullo de los cochabambinos, ajajay). En todo el trayecto no vi un solo basurero (con unos turriles colocados cada cierta distancia hubiera bastado), y luego al día siguiente las autoridades tratan de disimular cuando los informativos muestran regueros de basura en toda la ciudad. Atacándome la sed no hallé ni un puesto de fruta fresca y, por el contrario, pululaban los letreros con anuncios de salteñas, empanadas, chorizos y pollos. Y para terminar de adornar el panorama no faltaban improvisados tendederos de ropa vieja y otras baratijas de diversa índole. La ciudad entera convertida en un mercadillo gigantesco al aire libre, vulgar merendero, muladar y meadero. 

Días de feria multiplicada, de silencio automovilístico, de ruido comerciante, de altavoces a todo decibelio. Lo del ecologismo, un triste cuento que se creen cuatro gatos y otros bichos.


24 agosto, 2017

2 Antología de marketing callejero




Ah, no hay nada como el ingenio de la gente común -especialmente en el ámbito de la comida criolla- a la hora de promocionar las bondades de sus productos o servicios. Uno puede quemarse las pestañas, todo el curso universitario, leyendo gruesos libracos de mercadotecnia y, sin embargo, no ser capaz de generar una nueva idea, marca o nombre que se pretenda fijar en la mente de los potenciales consumidores. En el alma popular surgen interesantes muestras de creatividad espontánea o intuitiva que ya quisieran tener muchos profesionales del marketing. Por ejemplo, desde hace años me sigue intrigando a quién se le habrá ocurrido bautizar un potaje como “falso conejo”, de tal manera que hoy constituye un cotidiano plato de la gastronomía local. Si un visitante foráneo se toparía con un letrero que lo anuncia, mínimamente le picará la curiosidad por saber de qué se trata. Uno de los puntales de una estrategia publicitaria consiste, precisamente, en llamar la atención. Si es usted el comensal a punto de ingresar, respire tranquilo, que tampoco le darán gato por liebre, como sugiere la propuesta. Porque no tiene nada de gatuno ni conejuno un apanado de carne vacuna, cocinado entre regios hervores de ají y pimienta en grano. Avisado queda.



Siguiendo con los curiosos apelativos, en este momento me vienen a la memoria los explosivos “cardan calditos” que se anuncian en mercados y otros puestos de comida especializada en vísceras, especialmente indicados para curar la resaca, aseveran sus refinados cultores. Auténticos manjares (si le creen a un borrachito recién recogido) son estos calditos que bien podrían ser confundidos con rabo de toro, ¿me ayudan?, que me he quedado aturullado. Pero más desconcertado me sentí el día que me topé con el primer humilde cartel de “se sirve pulpito”, habida cuenta de que Bolivia no tiene costas marítimas y pulpitos sólo he visto troceados en conservas como las sardinas. ¿Tan lejos había llegado la culinaria gallega?, creí preguntarme también. Menos mal que algún pariente me despejó la ignorancia: no quiero imaginar a qué sabe un cocido hecho con el culo de un animal. Estoy procurando ser recto,  ¿me siguen? ¿comprendes, Méndez?



En Bolivia, todo el mundo sabe de qué es un “sándwich de chola” (macanudo nombre para un sencillo emparedado, ojalá que a ningún imbécil se le ocurra hacer campaña para cambiarle por el correctísimo “mujer de pollera”), a menos que se las dé de finolis y otros cuentos de rancio abolengo. Sumamente oportuno y gracioso el juego de palabras de este cartel: “a todo chancho” como habrán podido adivinar equivale a ir “a toda pastilla”, “a todo trapo”, “a toda máquina” que bien se oyen en otras latitudes. Si todavía siguen dudando de qué es el manjar, ahí les cuento -mientras me acompañan salivando-, que es una buena pierna de cerdo adobada con ají y otras especias, asada lentamente al horno y servida en lonjas dentro de un pan suave, con una ensalada fresca donde no debe faltar el toque prodigioso de unas hojitas de quillquiña.  Lo que no sabía era que los paceños nos habían copiado la receta ¿o será al revés? Espero que no nos enrollemos a todo chancho en una guerra fratricida por la denominación de origen.



¿Ustedes sabían que existen cholas argentinas, concretamente tucumanas? Me lo parecía, pero tremendo antojo me he llevado al ver a la cholita de roja pollerita mostrando pierna y, con esa sonrisa picarona, el plato está servido, acotaría un paisano de cabeza calenturienta. Ay, la decepción vino al rato cuando me acordé de que lo de  “ricas tucumanas” se refería a unas empanadas típicas de carne, similares a las jugosas “salteñas”, pero fritas en aceite. Iba a decir que el cartel se veía jugoso también pero se me acabó la inspiración al pensar en un “trancapecho” (otro sándwich que quita el aliento y no por razones placenteras).



Hay anuncios que en todas sus intenciones de mostrarse originales o darse aires de sofisticación yerran por completo, sobre todo considerando el entorno o contexto. Suena más lógico que un local sencillo de un barrio alejado lleve un cartel de “pollos Doña Juana” o algo similar. Lo de “fast food” y otros apelativos de alienante moda es cosa de ambientes donde se asientan los malls o patios de comida con luces de neón. Pero de todas maneras, no se puede negar que a veces lo cutre tiene cierto encanto: esa ruinosa fachada lila y el cartel con filigranas de verde irlandés son de lo más surrealista que he visto en mis andanzas por la ciudad.



Por el contrario, la sencillez artificial, no pocas veces, también chirría. Demasiadas filigranas para un cartel con aire rústico, denota contradicción y mal gusto. No me anima entrar a un local donde ponen “Mikuy” como marca de establecimiento. A secas, el nombre no sugiere nada, distinto sería si llevase “Mikhuna” que en buen quechua quiere decir “cosas de comer, yantar, comida, en suma”. Siendo hasta maliciosos, suena a “mi cuy” o conejillo de Indias. No me gusta para nada lo de “café cultural” otro risible modernismo como “café bistró”. ¿No se supone acaso, que los cafés son espacios de intercambio cultural o socialización, si se quiere? Además lo de “cultural” está tan manoseado que se presta a muchas confusiones y ambigüedades. Bien recuerdo que años atrás había un club nocturno que se ocultaba tras la etiqueta de “centro cultural”, con el logotipo copiado de los chocolates Mackintosh, para mayores señas. 



Menos mal que sin pretensiones de ninguna clase, algunos reclamos publicitarios dan justo en el clavo. Así por ejemplo, me dio mucho gusto hallar un letrero sencillo y a la vez ilustrativo sobre una bicicletería. Para empezar, el anuncio no invadía la visual del transeúnte y tampoco estorbaba el paso como ocurre a menudo. En un arranque de ingeniosidad fue elaborado con materiales simples: una tapa metálica de turril soldada a un aro viejo de bicicleta, pulcramente decorada con letras brillantes y mensaje claro. Para terminar de colmar mi asombro, me encontré con un cartel pegado a la pared donde se advertía al cliente con sumo respeto. Y por si fuera poco, el bicicletero, hacía gala de modales al despedirse con un “gracias, el Veloz”. El detalle de las cholitas con bici es para enmarcar. Ya no se ven cosas así. Me dieron ganas de dejarle mi bicicleta, mi mochila, mi cámara, mi reproductor mp3, mi celular, mi corazón, para que me los compusiera de algún desperfecto al instante. 



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