15 noviembre, 2017

3 Postales de mi tierra: Machaca



Machaca y el rio Ayopaya

Al oeste de Independencia, querido viajero; a menos de una hora en coche, encontrarás a Machaca, el único pueblo satélite de la capital provincial, es decir un pueblito, con su par de calles paralelas y mucho verdor alrededor. 

Machaca despierta muchas pasiones entre los palqueños, gente desde siempre muy devota de su santa patrona la Virgen del Carmen, pero extrañamente más devota, todavía, del Señor de la Exaltación, un Cristo negro aunque de rasgos semíticos, cuyos milagros viajan por el mundo, alguien asegura. A mediados de septiembre, Machaca es cita obligada para los palqueños cuando medio pueblo alista los bártulos para emprender peregrinaje, unos a pie y otros conduciendo sus vehículos para que relucientes los hagan bendecir y reciban los sahumerios correspondientes. Si usted toma un bus para Independencia, no se extrañe que del parabrisas cuelgue un delgado tapiz con el nombre del santo, para proteger su viaje. 

Machaca ofrece otra singularidad, es el único sitio de Bolivia cuyo templo está alfombrado con sodalita, el raro mármol azul que se esconde en las entrañas de las montañas boscosas de Cerro y Sapo, otro desafiante sitio al noreste de Independencia.

Mi alma ha estado unida a Machaca toda la vida, no por razones religiosas, sino por sus frutos que esa tierra produce milagrosamente. En sus fértiles chacras, descendiendo las colinas, junto a los bajíos del rio Ayopaya, mi memoria olfativa aún recuerda que allí se plantaban los tomates de más exquisita fragancia que, cuando llegaban al pueblo a lomo de bestia, todavía se sentía intensamente el aroma impregnado en los rústicos canastos tubulares en los que los traían, protegidos con pasto seco. Más delicados que porcelana parecían, hoy casi desaparecidos por culpa de variedades más comerciales. En esas vegas mesotérmicas, prosperan atendidas por alguna divinidad, huertas de embriagantes chirimoyas y cremosas paltas, tan espectaculares que han llegado a los oídos de la metrópoli cochabambina, vía feria de los primeros días de mayo. 

Y yo, desde mi ateísmo galopante, le rezo al mismísimo Dios, para que en mi mesa nunca falten las menudas pero suculentas yucas amarillas de Machaca. Tan suaves, harinosas y tiernas, que necesitan apenas un hervor para que su dulce sazón llegue hasta mi boca. No hay placer comparable por ningún lado.







09 noviembre, 2017

2 Postales de mi tierra: Phajchanti



Vista general del bosque de Phajchanti

Cuando emprendas tu viaje a Independencia, como diría un poeta, pide que el camino sea largo (lo será, my friend), lleno de aventuras (eso seguro, porque el estómago se te hará un nudo la primera vez), lleno de experiencias (verás paisajes nunca vistos antes, desde campamentos mineros colgando de la pared de una montaña hasta poblados perdidos en profundos cañadones de imposible acceso, y te preguntarás cómo la gente puede vivir en tales sitios). 

Cuando llegues a Independencia no te olvides de visitar Phajchanti, a unas dos o tres horas de caminata según el fuelle de tus pulmones. Atravesarás el angosto rio Tomoqoni por un puente de palos con el estruendo del agua sobre las rocas y seguirás el sendero que lleva montes arriba, y si lo haces antes que el sol te pille, sentirás el aire húmedo perfumado de salvia y rocío. Por todos lados el verdor te rodeará, y sentirás esa plenitud que sólo ofrecen los lugares vacíos o despoblados. 

Te toparás con marañas de arbustos y enredaderas que a modo de alfombras cubren las laderas. Detente un momento y toma una bocanada de aire, reconocerás el aroma de la tierra vegetal. Mira alrededor y quizás divisarás en algún claro los inconfundibles puntos violetas de los papales floreciendo, la única huella del paso del hombre en tales partes. Si tienes suerte, verás cierto picaflor de larga cola tornasolada asaltando las flores o descubrirás pajarillos de vivos plumajes piando entre las ramas. No te asustes si una pispila (torcaz gigante) levanta vuelo de pronto entre los matorrales.  


No desfallezcas si el camino se te hace interminable, si las colinas se suceden una y otra vez. Aguanta el paso y al llegar a una explanada se te abrirá un prado que colina abajo te conducirá al bosque de Phajchanti, una densa arboleda de tonos oscurecidos, que a lo lejos se torna impenetrable. Al rato caerás bajo el embrujo de esa manifestación primigenia de la naturaleza, un paraje de otra época geológica, poblado casi exclusivamente por pinos de monte y otras especies endémicas, que la convierten en un sitio único en Bolivia, según aseguran los botánicos. 

Quieres levantar la vista, y arriba apenas se ven bromelias, orquídeas, líquenes y bejucos que se entrelazan como telarañas gigantescas. Abajo en las sombras, entre la hojarasca dispersa trajinan las huidizas pavas de monte, aunque jamás te percates de su presencia. Reina un silencio intimidante en ese bosque umbrío que no parece ver la luz. Así fue y lo será mientras lo permita la mano del hombre.

Y estás listo para columpiarte de las lianas, imitando los gritos de Tarzán. Pero no esperes que te responda el eco. Tu grito se ahogará en lo más recóndito de su espesura.

El autor, "tarzaneando" cuando era un mozalbete



01 noviembre, 2017

2 Postales de mi tierra: el árbol de la vida



Antes que Jaimito Cameron ideara 'Avatar', los palqueños ya tenían su 'árbol de la vida'

Los ceibos definen a Independencia, tierra de indomables guerrilleros, de bosques neblinosos y de montañas agrestes. En todo el valle cochabambino, el noble molle campea a sus anchas, menos en los alejados valles palqueños. Por una extraña razón, la madre naturaleza ha dispuesto que ese lugar sea ocupado por los chilijchis de copa colorada. Centenarios eucaliptos,  perfumosos cipreses y aletargados sauces llorones bañan el municipio más verdoso del departamento de Cochabamba, sin contar el trópico. Sin embargo, tanto verde puede llegar a abrumar, como el mar desierto azul. Es entonces que los ceibos ponen el color. Y la vida cambia de matiz para huirle a la monotonía.

A pocos pasos del pueblo mismo, una ancestral figura de barbas pobladas da la bienvenida a los viajeros, hijos pródigos desperdigados por el mundo que retornan al seno y forasteros de incierto caminar. A dos palmos del puente de piedra que salva el rio Palca, se yergue el señorial ceibo que vigila el sueño de sus habitantes. Testigo mudo de obligados pasos de mulos y caballos cargadores de maíz y otros granos, de juguetonas pastorcillas que a una sola mirada cuentan sus ovejas, de incontables paseos de parejas enamoradas, observador del paso veloz de ciclistas y otras almas rodantes; como un quieto calendario va destapando los folios del tiempo. Su cambiante estampa anuncia las estaciones: de brazos desnudos cuando arrecia el invierno, de coqueto rojo semblante cuando llega la primavera, de amarillo de orquídea cuando se asienta el verano con sus copiosas lluvias, de hojas que huyen en canciones de ventarrón otoñal.

Así es nuestro árbol emblema, recio chilijchi que en sus barbas, alguien dice, se conservan antiguas historias. Como imperturbable guardián de generaciones, ha visto el ir y venir de la vida. El rio que acaricia sus raíces, puede dar fe de ello. 





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P.D. Mi tío abuelo Federico, veterano de la campaña del Chaco y un poco poeta el hombre, nos dejó este primoroso legado, transformado en canción. En quechua, la misk’i simi, la más dulce de las lenguas.

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