30 septiembre, 2012

8 En busca de la cholita de ojos azules o la Lolita andina


Chola paceña (1929)
La chola es la popular mujer andina. Esa que viste con orgullo una falda de muchos pliegues conocida como pollera, una prenda traída de España en los tiempos de la colonia y que a fuerza de costumbre se ha convertido en seña de identidad. Sin embargo, últimamente se tiende a borrar este término del lenguaje, porque los sociólogos progres andinos en su afán de descolonizar todo -menos sus nombres castellanos-, han sustituido el vocablo por el potable “mujer de pollera”. Decir “chola” es casi delito como ahora es sospechoso pronunciar “negro”, independientemente del contexto.  Por caprichos del lenguaje o caprichos de los censores mamertos de nuevo cuño, el diminutivo “cholita” todavía goza de mucha aceptación y no está mal visto. 

Cholita es sinónimo de mozuela, chavala  o ragazza. Aquello que Proust evocaba como muchachas en flor, impedido de descansar a sus sombras, el pobre infeliz. No me digan que no es de una ternura arrebatante, de una musicalidad embriagante, precisa y plena de significado. Decir cholita es como extraviarse en un texto de Nabokov, no sólo por el parecido lingüístico. Puro erotismo subyacente.  En todas las culturas se da el mismo fenómeno. Aún en la imaginación de un poeta andino que se traiciona -quizá involuntariamente- desbordado por su naciente pasión o “cogollito de su amor”.

Evocar una cholita de ojos azules es un canto extraviado sin más límite donde los valles chocan con las montañas. Como algo infranqueable, un sueño imposible, un mensaje sin eco en los cerros. No existen tales criaturas de ojos claros “bañaditas de rocío color canela su piel”. Sin embargo, el poeta ahí está, celebrándolas como si  brotaran del suelo en medio de los papales de flores azules. El folclore andino es rico en matices como colores tiene la tierra. Como palabras exquisitas tiene el quechua, una de las lenguas más dulces del mundo, musical y maternal como el italiano y apasionada como el francés. Y lo que es mejor aun, con más carga amorosa que el idioma español. Lo saben los cantores criollos, que desde siempre les ha cautivado cantar mezclando ambas lenguas. El quechuañol es parte esencial de la música popular boliviana.

Chola cochabambina de antaño
No obstante haber vivido casi la mitad de mi vida en provincia, nunca vi cholitas de ojos azules, pero he oído infinidad de historias acerca de su vaporosa existencia. Pero a pesar de ello, florecen las cholitas de tez clara,  incluso rubias, de ojos verdes o castaño claro. Existen campesinos rubios a pesar de los indigenistas recalcitrantes. Con rasgos más o menos indígenas pero rubios, en algunas comunidades alejadas en lo más profundo de los valles cochabambinos.  Una anomalía en medio de la raza de bronce. Un endemismo sin apenas explicación para los antropólogos. Y hablan quechua como sus antepasados. Y sueñan con Ch’askañawis, cholitas de pestañas hirientes u ojos de estrella. Mujer de ojos inalcanzables, de brillo lánguido, como los astros, azules a lo lejos. El poeta tenía razón, al desfallecer por su Ch’askitay de la mañana o lucero del amanecer. En quechua, el sufijo “y” equivale al pronombre posesivo en primera persona pero en tono de cariño, de plena ternura, con mayor profundidad sentimental. Como wawitay, mamitay o chunkituy: mi niña (o), madrecita del alma y amorcito mío, respectivamente.

He aquí el texto completo de esta canción, melancólicamente bucólica pero palpitante de nostalgia y emoción. La interpretaba originalmente el grupo Horizontes, allá a fines de los ochenta. Yo he crecido con esta canción, atropellado hasta la saciedad por el folclore barato y masivo, pero singularmente cautivado por joyitas como esta. Existen varias versiones de la misma, sin embargo, la del dúo femenino Wayra es la mejor lograda, a mi gusto, por la fuerza, belleza y armonía de las voces. Dejo para su consideración, cortesía de Youtube:

 Cholita de ojos azules 
Autor: Ricardo Campos  
No sé que tienen tus ojos 
que me hacen suspirar                                                                                                                                                                                              
     Tu mirada transparente
     como el verde del sauzal.
     Cholita de ojos azules
     cogollito de mi amor
     No sabía que en el campo
     crecía tan bella flor
     Bañadita de rocío
     color canela su piel
     Imillita k’omer ñawi
     no me hagas más sufrir.
     Es mi paloma vidita
     chiquitita y bien bonita
     Estrellita de la noche
     Ch’askitay de la mañana
     Cholita de ojos azules
     Cogollito de mi amor
 
 

25 septiembre, 2012

2 Elogio del aguacate


Ponerle azúcar es un crimen. No entiendo a la gente que coge la mitad de una palta, la espolvorea con azúcar y continuación se la come con cucharilla, sin más, sin guarnición, como si se comiera la mitad de una toronja.  Han oído bien, toronja. Suena igual de apetitoso que “naranja”, y uno piensa automáticamente en colores brillantes y sensaciones agridulces llegan a la boca. A ver quién me dice que se antoja un pomelo, aunque sea a altas horas de la noche. Ni los malpensantes.

El domingo es el mejor día para el desayuno, siempre y cuando no nos hayamos pasado de copas la noche anterior. Con todo el tiempo del mundo, con apenas ruido en el ambiente, es imperativo empezar el día como dios manda. De otra manera, para qué preocuparse en abrir la ventana o acudir a la terraza si lo que vamos a hacer es llenar un cuenco con leche y hojuelas.

En domingo, con sólo contemplar una mesa llena de frutas, jugos, tazas humeantes y otras cosas se me hace agua la boca. Soy capaz de sonreír y perdonar a todo el mundo. Y si hace mucho sol,  ya es la leche. Perdonen la ridiculez.

Un domingo cualquiera: café tinto, pan crocante, queso curado y rodajas de aguacate. De ser posible, salame o chorizo seco. Olvídense de los huevos refritos, de los panqueques o de cualquier tortilla. Y olvídense del periódico, que últimamente solo desinforma. Además, la lectura tiene el inconveniente de distraer a la mente para que esta se concentre en las papilas gustativas.

El aguacate es mantequilla de árbol. Por decir algo, según apariencia y textura, porque nada se le parece. Su sabor impreciso es lo que me tiene atrapado desde siempre. Como los champiñones, los palmitos, las nueces y otros manjares sobrios de esta vida. Sabrán los puercos entrenados y los ricos a qué saben las trufas para que valgan tanto. 

He probado paltas de todos los tamaños y formas. Las más pequeñas, de cáscara negra y aroma intenso que de chico devoraba como si fueran cualquier fruta. Siempre me ha parecido extraño que el aguacate sea una fruta, no siendo dulce o que las sandías fueran calabazas. La niñez es una etapa misteriosa, la vida nos tiene engañados durante esos años. Como tal me ha enseñado que el aguacate sirve para ensaladas o sándwiches, acompañando cualquier comida. La mejor forma es cortarlo en cubitos o rodajas, y mezclarlo con trozos de tomate teniendo el cuidado de no deshacerlos. La apariencia lo es todo. 

Batirlo es un crimen. Su consistencia pastosa me hace pensar en las mascarillas de belleza y así no se me antoja. Yo soy muy de imágenes a la hora de comer. Ni con nachos picantes había podido desterrar el fastidio. Pero siempre hay una excepción: mezclado con unos toques de cilantro es la combinación más extraordinaria para acompañar una tortilla mexicana con carne molida. Un gozo para el paladar y un redoble festivo para el espíritu.

Comerlo en trozos hace la diferencia. Al deshacerse en la boca, su textura suave multiplica las variables de su sabor. Como los chocolates que se deshacen con la lengua. No es lo mismo el chocolate casi líquido que uno casi sólido. La sutil diferencia en aspecto es inmensa cuando se trata de sensaciones. La vida se trata de eso, de apreciar detalles por mínimos que sean. Perdonen otra vez el cliché o la inocencia. La comida me hace retornar a la infancia, qué le vamos a hacer.

Y así, me alegra que pueda disfrutar de esta delicia casi todo el año. Me importa un comino que digan que se debe comer con moderación por su cantidad de grasas. Vicios todos tenemos. Este el mío: paltas o aguacates, según la región como se llame. Cremosos, aguados, fibrosos, olorosos o menos, verdosos o amarillentos, siempre estarán en mi mesa acompañando el arroz o los espaguetis. Haciendo indescriptible contraste a la carne asada. Con vulgares papas blancas, algo de sal y pan. Con café o sin café.


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PS: Las paltas de la foto son de mi mesa, son las más grandes que he visto alguna vez, seguro que en cualquier otro lugar existen mayores, pero no me consta. La buena noticia es que me las he comido yo solito. 

19 septiembre, 2012

4 Otra chapuza gubernamental: enfrentamiento minero en La Paz


Foto: APG
Definitivamente este es un país donde todo puede suceder. No nos extraña ya casi nada. Estamos en un proceso de transformación en reversa donde el sentido común hace tiempo ya ha sido erradicado y reemplazado por la improvisación, la superstición, la irresponsabilidad y el cálculo político de quienes nos gobiernan. Los sectores sociales son simples fichas del tablero que el gobierno maneja a su antojo, sacrificando unas piezas por otras, traducido en pérdida de vidas humanas, en una suerte de juego macabro de la política. El maquiavelismo está más vivo que nunca.

Porque no hay otra manera de describir el enfrentamiento de la jornada de ayer entre dos sectores mineros a punta de dinamitazos. Este es el único país del mundo donde se permite utilizar dinamita como expresión de protesta durante las movilizaciones mineras. Dicho sea de paso, que esta violenta costumbre de aterrorizar a la población civil ya viene desde mucho antes, ningún gobierno se ha preocupado de reglamentar las marchas sociales. Así, los campesinos afectos al partido oficialista portan chicotes, los obreros hacen ruido provistos de petardos y palos, y  los mineros hacen estallar fragmentos de dinamita sin importarles el destrozo del ornato urbano y la seguridad de los transeúntes.

En el marco de las alianzas políticas con distintos sectores, el partido de gobierno ha efectuado infinidad de promesas electorales, que a menudo rayan en la impracticabilidad y conflicto de intereses, como el caso que nos ocupa. A raíz del nuevo boom de la minería, se han reactivado todos los yacimientos y centros mineros que yacían semiabandonados. En esta nueva bonanza, aparte de la minería estatal, se han organizado decenas de sindicatos de mineros cooperativistas. Fiel a su retórica populista, el régimen ha comenzado a nacionalizar los yacimientos más importantes. Aprovechando la oportunidad, algunas comunidades campesinas han avasallado muchas minas so pretexto de que pertenecía a sus ancestros. La tendencia continúa, ante la confusión todo el mundo quiere sacar ventaja.

El alto precio de los minerales seduce a todos los interesados. El metal del diablo, socava lo más profundo de las almas humanas. Tarde o temprano la confrontación tenía que llegar. Como el régimen, desde el principio de su mandato,  se ha dado a la tarea de dividir a los sectores, beneficia a unos y perjudica a otros, en función de su fuerza electoral. Para nadie es desconocido que los mineros cooperativistas son los mimados actuales del gobierno, habiéndoles concedido muchas ventajas tributarias y dejando pasar varios atropellos que estos han cometido como la ocupación violenta de minas, ya explotadas por mineros estatales más conocidos como asalariados.

El último conflicto se suscita en la población de Colquiri, departamento de La Paz, uno de los centros mineros más importantes del país. Los cooperativistas violentaron acuerdos previos sobre el modo de explotación compartida en un mismo yacimiento. La avaricia cunde en los mineros empobrecidos por generaciones. Se da el caso aberrante de que en una misma familia surgen enemigos por pertenecer a uno y otro bando. Hermanos peleando por el vil metal. Escaramuzas, acoso constante, robos de herramientas, destrozos mutuos y otras denuncias  como antecedentes no fueron suficientes para movilizar con determinación  a las autoridades. Ante la indiferencia y desidia gubernamental, la guerra sectorial se trasladó a la ciudad de La Paz.

Poco a poco, fueron arribando gente de uno y otro lado a la sede de gobierno, para negociar de cerca con los ministros del área. Ningún sector quiere ceder, acuciados por sus intereses sectarios. El gobierno deja dilatar el asunto y juega irresponsablemente a ser Pilatos: “que se pongan de acuerdo entre ellos, nosotros sólo vamos a observar y garantizar los convenios que surjan” dijo un personero. La tensa pulseta derivó finalmente en violencia. Una vez más se subestima los problemas y no se aprende de los errores. Hay demasiados casos que son de conocimiento público.

Con la llegada intempestiva de millares de cooperativistas, el centro paceño colapsó. La columna de marchistas tomó las principales avenidas al ritmo de dinamitazos y consignas partidarias. El “pacifismo” como excusa en boca de sus dirigentes suena brutalmente irónico. La realidad habla por sí sola: violencia y salvajismo. Hasta los policías curtidos tiemblan ante las constantes explosiones. Las autoridades brillan por su ausencia. La policía pobremente desplegada solo se atiene a observar para lo que vendrá después.

Es de imbéciles no tomar las precauciones necesarias cuando se huele el peligro. ¿Por qué el Ministerio de Gobierno no se preocupó de reforzar la seguridad de la marcha? ¿Por qué tuvo que dejar pasar a los cooperativistas enfrente de la sede sindical de los mineros asalariados en vez de desviarlos? Las consecuencias no se dejaron esperar. Al pasar la columna de los cooperativistas, estos comenzaron a lanzar piedras y cachorros de dinamita al edificio sindical. Respondieron con las mismas armas los ocupantes que ya esperaban apostados. Menudearon las explosiones, rompiendo vidrieras y afectando a negocios aledaños. El saldo es trágico: un muerto y una decena de heridos, algunos mutilados. Los pocos policías nada pudieron hacer, impotentes. En contrapartida, es llamativo cómo el gobierno responde con dureza a los sectores más vulnerables como el de los indígenas y discapacitados. En el colmo del infantilismo, una autoridad dijo que los cooperativistas se habían comprometido a no provocar a los otros mineros, que por eso no se los desvió oportunamente. Hay que ser deficiente mental para razonar de esa manera. ¿En qué mente puede caber una concepción como esta, sabiendo que los mineros siempre portan explosivos? ¿Acaso no fue suficiente aviso el decomiso de una ambulancia, días antes, a pocos kilómetros de la ciudad, transportando cientos de cartuchos de dinamita, capaces de hacer volar todo un manzano, como reconoció el viceministro de gobierno? No hay un solo detenido, con lo fácil que resulta rastrear la propiedad de un vehículo, que según los medios, era de los mineros cooperativistas.

Una vez más, tuvo que correr sangre para llamar la atención de las autoridades, el único que da la cara en todo momento es el viceministro Jorge Pérez, esforzándose para disimular las chapuzas en la toma de decisiones.  Eso sí, fiel a su estilo, Evo Morales brilla por su ausencia, como siempre se escabulle al exterior o a otras regiones cada vez que madura un conflicto gordo. Esto no fue repentino, se venía venir desde hace semanas. Entretanto, Morales proclamaba a una ex reina de belleza como candidata para las elecciones regionales de un departamento amazónico a efectuarse recién en enero del 2013. Cuestión de prioridades, según se entienda.

“El gobierno está muy apenado por la muerte de un hermano minero” dijo el portavoz del momento, llamando a la reconciliación. Pero sucede que ya en años anteriores, nos dieron una muestra de su insolidaridad e irresponsabilidad, en ocasión de otro enfrentamiento por idénticas causas, producido en la localidad minera de Huanuni que se saldó con casi una veintena de muertos. Con una tranquilidad pasmosa, el vicepresidente Álvaro García Linera, dijo entonces que “no voy a mandar militares, no voy a mandar policías, más bien voy a mandar ataúdes". Lamentablemente la historia se repite, y la frágil memoria colectiva olvida muy pronto.

15 septiembre, 2012

4 Feliz estoy de ser cochabambino


Imagen: opinion.com.bo
De fiesta en fiesta, en la plurinación, el que no salta es un tristón. Henos aquí, acojonados hasta el empacho, de tanto petardo que no deja dormir y de tanto músico barato. He oído a muchos españoles quejarse a menudo de su país de pandereta. Nosotros, como buenos hijos suyos, somos un país de petardo, bombo y trompeta. Nada hacemos sin atronar el cielo por cualquier motivo. Estamos de festejo, aniversario del departamento de Cochabamba. ¿Qué celebramos?...dos siglos de grito libertario. Dos siglos con la misma cantinela: los conquistadores tienen la culpa de todo. Dos siglos que siguen aquí sus fantasmas. Dos siglos sin librarnos de nuestros prejuicios, de nuestro provincianismo, de nuestra tozudez mezquina.

Tres días de desfiles al son de bandas estudiantiles y militares no son suficiente muestra de civismo. Ni portar bandas, banderas y escarapelas con las que las autoridades encabezan los actos cual si fueran misses coronadas. Hasta las palomas de la plaza de armas lucen de celeste cielo (el color de nuestra bandera local). Si el civismo se mostrara día a día, con cada acera limpia, con cada obra sanitaria concluida a tiempo, con cada parque sin descuidar y no solamente un día al año, al que a toda prisa hay que maquillar, porque nos visita el presidente, porque llegan las redes de televisión a filmar todos los rincones de la ciudad. 

Celebramos ser los eternos terceros de la república. A la zaga de La Paz y Santa Cruz, siempre tratando de imitar lo que estos departamentos hacen. No somos capaces ni de generar un solo programa de televisión de alcance nacional. Nos gusta ser locales, querendones de nuestros músicos de salón barato y de nuestra comida. Barriga llena, corazón contento, con música típica más abundante que la chicha. Así nos va, como el Wilstermann y el Aurora, rozando la dicha, saboreando el descenso.

No debería ser así, demográficamente estamos casi empatados con los cruceños y paceños. Así que teóricamente, poseemos la misma cantidad de gente capaz, visionaria y pujante, no obstante, en número de artistas folclóricos y cocineros les llevamos la delantera. En recursos naturales, tampoco tenemos nada que envidiar, las condiciones están dadas para competir con las otras regiones. Y tenemos todos los pisos ecológicos para recuperar el otrora título merecido de “granero de Bolivia”.  Y sin embargo, de acuerdo a los analistas, nuestro departamento está en el quinto lugar en cuanto a crecimiento económico, que es lo mismo que quedar estancados.

Cochabamba tiene el valle más extenso del país y el clima propicio para la agricultura a gran escala. A pesar de ello, nos vemos obligados a importar gran parte de granos, frutas y hortalizas de otros valles y hasta del altiplano. Es verdad que el gran problema es la falta de agua. Pero la ineptitud y las eternas promesas de las autoridades de turno impiden alcanzar el mayor anhelo de los cochabambinos: el proyecto múltiple Misicuni. Cuatro décadas de soñar y de morirnos de sed. Estamos avanzando dicen, al ritmo que van, da la impresión de que se construye a golpe de pico y pala. Apenas se ha concluido el túnel de trasvase de la cordillera y habrá que esperar otra década para ver levantada la represa. Mientras tanto, la incredulidad cunde en boca del ciudadano, tomándoselo con algo de humor: el Proyecto Asicuni (“me río”, en lengua quechua).

Todos hablan de que no hay suficiente financiamiento. Pero por una de esa bromas crueles del absurdo, el presidente Evo Morales trajo como regalo para la región, el contrato para la construcción de una fábrica de urea y amoníaco que será emplazada en pleno trópico del Chapare con una inversión de 800 millones de dólares. ¿Y dónde estaban las autoridades locales para aconsejar al presidente sobre nuestras prioridades, en vez de tenderle sumisamente la alfombra sin rechistar?...Ni una sola voz discordante, todos aplaudieron la magnanimidad del mandatario durante la sesión de honor, como aplaudimos en su momento la compra del avión presidencial y del satélite. Nos apuntamos a la carrera espacial y no somos capaces de resolver la desnutrición infantil. Por supuesto que queremos industrialización, pero previamente deberíamos partir de lo más urgente. Y cuando la fábrica vomite los fertilizantes, ¿qué tierra vamos a abonar sin tener con qué regarla? Tal parece que nos gusta todo al revés. La casa por el tejado.

Felices cochabambinos, felices de nuestro atraso, nos apuntamos con felicidad y buena onda a las verbenas y serenatas de estos días. Nunca nos oponemos al jolgorio aunque se despilfarren nuestros recursos. Sólo el programa de festejos costó a las arcas municipales más de cien mil dólares. De ellos, la mitad se llevó el caché de un músico internacional como Dyango. Y el alcalde, muy orondo hasta se lamentaba de que le hubiera gustado traer a un artista de mayor costo y actualidad. “Para el año siguiente estoy pensando traer a Ricardo Montaner” dijo relamiéndose en su cinismo. Por si no bastara, tuvo hasta el desparpajo de lucirse a dúo con el artista español en pleno concierto ante miles de entusiastas. Hasta las butacas vibraron con el dúo Dyango y Cholango (el nombre es cosecha del propio alcalde).

En verdad,  feliz estoy que con lo que pago por mi tasa de alumbrado público, recojo de basura y uso de alcantarillado se vaya a financiar fiestas masivas a tenor de festejos cívicos. Si viera una ciudad limpia y ordenada nada tendría que objetar. Pero resulta que en pleno centro de la ciudad, como mejor muestra, hace meses que no se termina de cambiar las tuberías de alcantarillado y en ciertas calles no se ha vuelto a pavimentar después de efectuar los trabajos. Los vehículos tienen que extremar precauciones para esquivar los baches de las zanjas mal tapadas. No son días, son meses de total abandono. Y en el colmo de la ineficiencia, he visto abrir zanjas en vías que apenas tenían unas semanas de asfalto nuevo. 

Y si esos fondos de la serenata a Cochabamba,  se hubieran empleado para la refacción de la catedral metropolitana, siendo patrimonio histórico y reclamo turístico. Si los parques no estuvieran tan descuidados. Si los contenedores de basura no estuvieran tan destartalados y repugnantes por los desechos que rebosan. Y si otras actividades que faltan por hacer. Antes que desviar la mirada rumbo al estadio a cantar esos versos como el del título de esta crónica, inspiración de nuestro alcalde, otrora artista del folclore. Quién iba a pensar que había sido más artista de la política. 

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