16 mayo, 2017

6 Pescando un almuerzo


Mi tía Anita, excelsa cocinera donde las haya, sabedora de mi predilección por la comida hecha en casa, de vez en cuando me llama a su cocina cuando me ve llegar después del mediodía. Seguramente ya almorcé en cualquier parte de la ciudad, pero de todas maneras guardo algo de campito en el estómago para este tipo de incidencias. Sucede que a veces, mis primos apenas probaron bocado por desgano o porque el plato no es de su agrado. Generalmente yo soy el finalizador de esas sabrosas sobras (que no son tal) ya que en cuestiones gastronómicas tengo alma de boy scout, siempre listo para degustar lo que sea, mientras no sean vísceras, aclaro. Por otro lado, soy enemigo de que se tire comida y, si sobra algo, con mucho gusto me llevo el resto para mi refrigerador. Cuántas veces me habré traído junto a los bártulos, en la mochila, un tupper con algún inesperado manjar de la casa de un familiar.

Otras veces me encuentro con que me espera un plato servido y tapado en la cocineta de mi departamento. Lógico, otro suculento obsequio que mi tía generosa ha subido para que yo lo devore sin mayores preámbulos. En ocasiones, por diversos motivos llego a casa sin almorzar y toparme con aquello me viene de maravillas. Con el cansancio y el calor que reina en nuestra ciudad, me resulta un tedioso engorro poner algo en la olla a esas horas vespertinas. Por toda respuesta, combato el hambre con una ración de frutas o yogur, los cuales nunca deben faltar en mi despensa. Pero siempre se extraña lo salado, inevitable en mi caso. 

En el ínterin de estos días, pesqué uno de esos benditos almuerzos. Una cabañita de trucha, para mayor dicha (en el valle y otros sitios de Bolivia se denomina así a cualquier pescado rebozado en harina y posteriormente freído en aceite, seguramente por las cabañas lacustres donde se ofrecían menús de este tipo). Conviene no abusar de las cosas fritas pero ocasionalmente no viene mal dejarse caer en estos festines, con mayor razón si es con pescado auténtico: de rio y no de criadero. Mi primo Negro, un fervoroso practicante de la pesca, cada cierto tiempo suele adentrarse a los ríos del Chapare para traernos pacús, dorados, o surubíes; o ya sea viajar al parque Sajama, en el altiplano orureño, para correr tras las escurridizas truchas que más tarde daremos fin, con sumo placer, desde luego.

¡Ah!, muchos hurras por mi primo el pescador que, gracias a su dedicación y escaso apego por la carne de pescado, me permite participar de sendos banquetes en su nombre. Y gracias a las hacendosas manos de mi tía me permito disfrutar de esta primorosa ración de trucha, engalanada con batido de huevos, cebolla verde y perejil picado, convenientemente sazonada al servir con jugoso limón, para contrastar el crocante exterior de la fritura. Para la guarnición, qué mejor que la suave textura de unas yucas amarillas, dulzonas y apetitosas como ningunas, traídas expresamente de las playas de Machaca, a orillas del rio Ayopaya, no muy lejos de las antiguas haciendas de mis antepasados. Hasta la peor ensalada del mundo, la de remolacha o betarraga –la única que no me gusta-, se deja comer por cuestiones de equilibrio metabólico. Oneroso escollo que tuve que apaciguar con bocados frescos del neutral aguacate. Menos mal.

Y de postre, las últimas uvas tarijeñas de la temporada que, como todo especialista en botánica emocional sabe, las vides y otros frutales despliegan todo su dulzor en la última cosecha, a modo de despedida. Y esa manzana, de tonos amarillos y naranja encendido, maduró hasta el último día en la huerta de un vecino de mis padres y que, luego de un largo viaje, llegó intacta hasta mi mesa. Para hacerle los honores de hincarle los dientes y saber que su jugo era un estallido de recuerdos, los de niño, junto a un árbol recargado de frutos. 

10 mayo, 2017

5 Un paseo por la Feria

Así, sin pensarlo dos veces me encaminé a la Feria, la grandiosa feria que nos vuelve internacionales a los cochabambinos, dicen. Se avecinaba otro tedioso fin de semana en el horizonte y había que ocupar la mente de cualquier manera. Tan magno evento sobresale por dos motivos, inequívocamente: por llenar la mitad de las instalaciones con ofertas de coches nuevos y por reunir en pocos metros a las mayores bellezas locales. Importándome un comino los autos (gran parte chinos para mayor estulticia), me descolocó, no obstante, que uno podía reservar un modelo con sólo 100 pesitos, los mismos que apenas alcanzan para dos entradas de cine y algún refresco. Muy asombrado por tan puntero marketing valluno, rajé de allí a las risas, digo, a las carreras. 

Mi plan era ir a buscarla entre toda esa maraña de expositores y muchedumbre visitante. Preso de mis fantasmas, necesitaba verla o sacudírmela de la cabeza de una vez por todas. La imaginaba radiante y altiva. Reconocería su silueta generosa y sus rasgos filosos de pómulos duros, a lo Miriam Hernández. En alguno de esos stands me la encontraría, estimaba, mientras dirigía la mirada a todas las azafatas que podía, creyendo que la iba a hallar en uno de esos rostros artificiosos y maquillados. Viéndolas, era inevitable pensar en el triste papel de muchachas tan lindas, forzadas a sonreír a cada momento y soportar con estoicismo a todos los fanáticos  de esa nueva plaga que son los selfies. Por todo lado pululaban tales bastoncillos que daban ganas de pegarles en la cabeza a todos sus dueños. Visto así, la belleza despojada de todo su glamur se asemeja más a una maldición.

Proseguía con mi cometido, me topaba con pasillos laberínticos que ponían a prueba la paciencia de cualquiera. Y sin embargo, la gente era feliz con la oferta de productos y servicios varios. Destacaban los planes vacacionales hacia el nuevo edén que están erigiendo en los alrededores de Santa Cruz, cargándose a la naturaleza de paso con esos gigantescos proyectos habitacionales en medio de bosques, arroyos y lagunas; si hasta olas artificiales anuncian que se han de imitar para todos los nostálgicos del mar. A diestra y siniestra repartían los folletos informativos y llovían las tentaciones con muestras minúsculas de todo comer y beber, con el consiguiente gancho de “pruebe sin compromiso”. Yo mismo sucumbí a la tentación de probar vasitos de todo tipo de vinos. Allí donde veía botellas y demás parafernalia vitivinícola me detenía. Del resto, pasaba olímpicamente.

Tomé recaudos a la primera probada, casi todos ofrecían vino dulce (oportos y rosados) de entrada, y no estaba dispuesto a contaminar el paladar con empalagosos cebos. Al instante reaccioné, preguntando por los “ásperos” o “varietales”. Y hete ahí, que de algún rincón sacaban una botella guardada para dar a degustar a gente conocedora. Habré dado esa impresión al pronunciar las palabras mágicas: malbec o cabernet-sauvignon. Fui tratado, entonces, con presta amabilidad para encajarme una o dos botellas, presentadas incluso en coquetos envases. Me maravillé de lo mucho que había mejorado, empezando por la presentación, la irrisoria industria de los vinos de nuestro país. De todos los valles habían llegado artesanos y pequeñas casas bodegueras dispuestos a conquistar a los reacios cochabambinos, embebidos en su pálida chicha y, más pálida aun, cerveza picantona y desabrida.

Entre charla y charla con esas simpáticas gentes venidas de Tarija, de Camargo y de otras tierras del sur de Bolivia se fueron consumiendo los minutos. Con el alma achispada y la cabeza calenturienta al enterarme de que había vinos especializados para “compadres” y “comadres” y, más sugerente todavía, algunos con propiedades “quitacalzones”, me despaché del lugar pensando en la siempre ocurrente picardía chupaca, perdón, chapaca.

Salí al frescor de las calles entre los pabellones porque mis orejas estaban que ardían. En mi pequeño bolso atesoraba tres cosas que harían feliz a un hombre sin mayores vicios: un vino, unas sandalias de cuero y un paquete de café puramente oloroso de los Yungas. Todo por unos módicos 200 pavos que alcanzaron hasta para la entrada. A la mina que buscaba, no la encontré ni por asomo. Volviendo a casa me di cuenta de que estaba curado de ella. 

Tarjeta de presentación, por si alguien duda de mi resacoso testimonio. 

05 mayo, 2017

4 Postales callejeras (segunda tanda)




Ah, los anuncios enigmáticos son mi debilidad porque si no me pican la curiosidad, al menos me mueven la comisura de los labios en procura de una sonrisa. Se dice que el rostro tiene innumerables músculos, así que de vez en cuando resulta saludable ponerlos a trabajar. Pruebe fijando la vista en este rocoso cartel que parece salido de una película futurista. Eso sí, el motivo para lucirse con ese fantástico subtítulo es todo un enigma.


Otro anuncio muy profesional que provoca ganas de inscribirse al tiro. Tan capos son, que la exelencia se notaba en ambas caras del letrero. Profesionalismo al cuadrado por donde se lo mire. 



Si usted no es boliviano, se le notará al instante la cara de perplejidad al toparse con este cartel que parece indicado para barcos o canoas, o qué sé yo. ¿Flotas de camiones, de buques, de automóviles, de aviones? ¿o qué se le viene a la cabeza? ¿o en su país se dice “flotas” a los autobuses? Puede que la gente llame como quiera a estos vehículos según los usos y costumbres: colectivos, guaguas, micros, autocares, etc. Pero en urbes que se precian de modernas, las convenciones internacionales sobre transporte y vialidad no deberían ser meros saludos a la bandera.



Aquí otra palpitante joyita, cortesía de los genios de Tránsito y Vialidad de la alcaldía cochabambina. La avenida Libertador (foto tomada yendo de sur a norte, frente al estadio) es quizá la arteria más concurrida que conduce a Cala Cala y otros barrios norteños de la ciudad, y en su trayectoria corta en dos otra avenida no menos importante que va de este a oeste, conocida como América. Ahora bien, cualquier automovilista del interior del país se daría cuenta, por lógica, que a su mano derecha está el Este y no al revés. Pero parece que los cochabambinos no se han enterado de la chapuza municipal o tendrán la vista puesta en las churrasquerías de la zona.



En este cartel amarillo conviene detenerse un poco más, que si no la autoridad policial podría imponernos una multa por no carcajearse ante ese colmo del absurdo. ¿No se supone que las motos sin placa (matrícula) no deberían transitar efectivamente en ninguna calle o avenida? Y ver esta advertencia en plena puerta del cuartel general de la Policía, en el centro de la ciudad, ¿a que les suena? ¿será que también los efectivos policiales circulan en motos indocumentadas? Y para terminar de rizar el rizo, anuncian que trabajan por mi seguridad. No me jodan.



En mis ocasionales viajes al Valle Alto y otros municipios (aun en la desolación del altiplano) he descubierto que no hay pinche obra social sin su correspondiente cartel gigante, impreso a todo color,  y vaya uno a saber cuánto dinero despilfarran los alegres administradores de la cosa pública en promocionar su imagen personal, a veces posando con los brazos abiertos en plan de dadivosos filántropos, pero con dinero ajeno, el de nuestros impuestos. El estilo narcisista del cacique Morales ha creado escuela y por todas partes aparecen sus émulos (sean oficialistas o de la oposición) que compiten entre sí por superar al amado líder. Si hay que adornarse con detalles pintorescos como cantaritos, cascos, banderolas, vaquitas, florecillas, etc, mucho mejor. Lo de ofrecer información clara y específica sobre las obras en cuestión es lo de menos, bien valen unas abreviaturas ambiguas para que no ocupen tanto campo en el cartel y no quiten espacio al retrato de los susodichos.


¡Qué pintado y pintudo es este paisito del nunca jamás!



29 abril, 2017

4 Su Majestad el Pejerrey





Oruro era décadas atrás la capital del pejerrey. En las riberas de su alargado lago Poopó, un verdadero mar interior, comunidades uru-chipayas y aymaras vivían enteramente de la pesca. Bien recuerdo que cajonadas de pescado fresco enviaban a ciudades como Cochabamba y La Paz, e incluso llegaban hasta el pueblo de mi niñez, a buenos centenares de kilómetros. Los jueves de madrugada arribaban los comerciantes orureños con mercaderías diversas, entre éstas algunas cajas de madera con pescaditos plateados de olor sumamente penetrante. Yo deploraba toda aquella peste en la casa. Pero en cuanto mi madre, luego de un moroso descamado, los sumergía en la sartén y nos servía a la mesa, comía sin rechistar hasta chuparme los dedos. Crocantes frituras de suave corazón tan blanco que no tenían parangón. 

Muchos recuerdos todavía guardo de mis viajes juveniles a Oruro. Espléndidas meriendas en casa de mis tíos, en las que era normal que sirvieran pejerrey casi todas las noches, preparado de mil maneras por su hábil cocinera, de trenza larga y perenne sonrisa, una extrañeza entre las cholitas aymaras de rostro mayormente adusto. El estómago agradecía aquellas sobrias degustaciones de carne magra y de fácil digestión, considerando la altura y la climatología fría de la urbe orureña. 

Como se sabe, hoy el Poopó es un erial de arena, tierra resquebrajada y desolación. Barcas volcadas en las resecas orillas de blanco salitroso, testimonian que el agua ha retrocedido para quizás nunca más volver. Como huyeron los patos y flamencos, la gente abandonó paulatinamente sus comunidades lacustres. El pescado, prácticamente ha desaparecido de los mercados de la ciudad altiplánica, ahora se lo trae desde el Titicaca y los ríos tropicales de tierras orientales. Acompañando a mi primo esos días de Semana Santa a efectuar la compra, se me iban silbidos de sorpresa al ver los precios en la pizarra: tan elevados que consumir pescado se ha vuelto un asunto privativo, cuando antaño la abundancia permitía que lo consumiese todo el mundo. Y lo peor, que cuando fuimos a buscarlo el sábado, casi todo se había esfumado para el Viernes Santo. No había dónde escoger.

Menos mal que el primo había comprado con anticipación una docena de filetes medianos. Una cantidad rácana, posiblemente llegada del lago Uru-Uru, un lago menor también en serio riesgo de secarse, a las puertas mismas de la ciudad por el lado sur. Como su afilado ojo de chef aficionado estimaba que la provisión no alcanzaría fuimos a por más a un mercado céntrico, donde además aprovechamos para adquirir verduras y otros ingredientes necesarios para un suculento pescado al horno.  Fracasamos en nuestro intento de hallar pejerrey -no había ni rodajas del soso surubí para disimular el asunto-, así que compramos unas pechugas de pollo. Total eran carne blanca, pensábamos. 

Con los ingredientes a bordo, el chef dio inicio a la faena. Su mujer desapareció de la cocina, diciéndome que cuando él cocinaba no se metía para nada. Yo no me lo creía todavía que mi primo, el ingeniero civil, fuese un consumado entusiasta de los fogones y sus secretos. Con razón no había ahorrado detalle en el diseño de su amplia cocina, un conjunto de aire minimalista, con los elementos (fogón, horno, microondas, estanterías) estratégicamente distribuidos que hacían perfecto juego con el mesón de granito negro. Y la iluminación ambarina sutilmente desplegada en el cielo raso aumentaba la sensación de calidez. Daba gusto cenar allí, seguro que sí.

Pues bien, mientras el pejerrey marinaba media hora en caldo de limón, que yo mismo contribuí a prensar, el cocinero cortó aros de inmensas cebollas blancas que junto con tiras de pimentones rojos se puso a sofreír en mantequilla, esperando que soltaran el jugo, al que añadía unos toques de vino blanco para que se impregnara de su bouquet. A continuación añadió los trozos de tomate que con gran esfuerzo había yo pelado. Hervían las papas waych’as de reciente cosecha, con cáscara, que unos minutos más de cocción y se nos deshacían de lo harinosas que eran. Escurrido el limón, sobre una capa de las verduras sofritas se depositaron cuidadosamente uno a uno los delgados filetes del preciado pescado, salpimentado con moderación. Lo mismo, se lo cubrió por encima con otra capa a la que se añadió unas ramitas de cilantro. A esperar veinticinco minutos, entonces.

Mientras tanto, pelamos las papas cocidas y las cortamos en rodajas. Junto al pollo asado, cortado en cachitos que, para ahorrar el trabajo habíase comprado en una rosticería, el chef las puso en otra bandeja, regándolas con queso rallado para que se derritiera con el gratinado. Eran las nueve de la noche cuando llamaron a cenar. Los chicos pusieron la mesa y se los veía entusiasmados con el trabajo del padre, que fue puntilloso hasta con servir personalmente para que a nadie le faltara. A punto de iniciar el ritual, uno de los muchachos preguntó por esa rara carne desmenuzada que acompañaba el pescado; al instante reaccioné diciéndole que era faisán, algo que sólo se degustaba en mesas de reyes y nobles, añadí para pillarle en su inocencia. Pero parece pollo, replicó después de probar; bueno, comételo como si fuera auténtico faisán, le respondí ocultando una sonrisa burlona. Nos echamos unas risas mientras devorábamos bocado a bocado aquel inédito plato de autor, que por razones merecidas bauticé como Pejerrey a la Luchín. Juro por mis andanzas culinarias que jamás he probado carne más delicada, tierna y sabrosa que un buen filete de pejerrey horneado. 

Mi primo me dio el tiro de gracia sacando un Riesling de la nevera, varietal desarrollado por la casa Campos de Solana, quedándome gratamente pasmado de que nuestro paisito produciese tal cosa. Desde ya su tonalidad amarilla tirando a dorado y su aroma intenso a frutas me despertaron las ansias de probarlo. Delicioso elixir con toque ácido que me recordaba a gallardos cavas de la lejana Cataluña. Al día siguiente, domingo a mediodía, me despedí con dolor de mis solícitos anfitriones. Que me dejaba el bus, y que no había tenido tiempo para dar fin a los últimos rescoldos de esa inolvidable cena. Por eso era el dolor.



24 abril, 2017

5 Mi reencuentro con Raúl Shaw Moreno


Había vuelto a la altiva ciudad de Oruro después de cinco años. A sus aires que azotan los pómulos de los forasteros y a sus cielos de azul intenso. Y a recorrer sus mismas calles, con su sempiterno aire de abandono. Sus fachadas macilentas dan fe de ello, empezando por el bloque moribundo de la terminal de autobuses que parece enamorado de su verde pálido y resquebrajado. Álamos de copa redondeada salpican a ratos la monótona uniformidad de las aceras. De clima duro, aquello parece milagro en medio de las ventiscas que sacuden una y otra vez el altiplano. La vida se abre allí a puro coraje.

Inverosímil que una tierra tan yerma haya procreado al artista más grande, al boliviano más universal. Sin montañas inspiradoras, sin arroyos ni ríos que perseguir. Solo bocaminas que escupen lentamente la sangre ácida de sus entrañas. No hay nada allí, ni quirquinchos escondidos en la arena. Y, sin embargo, de aquel páramo sin apenas abrigo surgió la cálida voz del bolero. Y con su canto a liberar las noches de su fría opresión, cual obstinado romancero.

A don Raúl lo conocí cuando apenas era yo un crío que no llegaba a la década. El pueblo de mis antepasados se debatía entre las penumbras, aquellas gozosas penumbras que nos permitían jugar a las guerritas entre los “patacalles” y los “uracalles”. Por toda luz sentaban presencia unos cuantos postes de tubos fluorescentes que pálidamente señalaban el empedrado entre el internado de la Sede y la iglesia. El trayecto que una monja alemana seguía casi todas las noches junto a sus cholitas internas para ir a oír misa.

La Sede, con sus jardines y extensos conjuntos de habitaciones, coronaba una suerte de colina. Desde su explanada veíase todo el pueblo, y de sus oficinas salían a menudo los avisos por altoparlantes a la comunidad. El operador tenía la buena costumbre de poner música a manera de introducción. Uno de los parlantes había sido estratégicamente colocado en las alturas de un imponente eucalipto que ya no está. Nuestra casa no estaba ni a media cuadra de aquel sitio. Imaginen el solaz que me producía aquella polca inmortal interpretada por ese cantor sin nombre, al que juzgaba yo como extranjero. El acompasar grave de la guitarra y el sonido de la aguja del tocadiscos se oían tan nítidos que todavía los atesoro en el alma.

Arribó la luz eléctrica, luego la FM, la encarceladora televisión. Se acabaron la magia y las noches de ensueño. Y don Raúl volvió a las sombras, a los polvorientos cajones del olvido. Ya se encargaría la radio de difundir mensajes a cualquier hora, con inevitables voces impostadas.

Casi tres décadas después, don Raúl me esperaba, también en lo alto de una colina. Casi relegado al fondo, a pasitos de unas rejas. Como si fuera un extraño invadiendo el morro de Conchupata, dicen que histórico porque fue allí que izaron la primera tricolor boliviana. Inexplicable monumento el del músico cuyo sitial debería estar mejor emplazado, quizá en la entrada del aeropuerto, para dar la bienvenida a los viajeros, extrañados a primera vista de haber llegado a ninguna parte. Esa guitarra los consolaría y esa inigualable voz haría el resto.


___
Para su consideración, otras canciones: 



18 abril, 2017

7 Mi ‘vía crucis’ por los 12 platos de Semana Santa



Parecía sopa de papapica pero no era tal

Como bien saben mis parientes de Quillacollo y Vinto, yo jamás voy a provincia, y eso que ambos sitios están a escasos kilómetros. Mucho menos iba a dar el salto a otro departamento. Pero, de todas maneras, me fui para Oruro el último fin de semana por una poderosa razón. Una oferta que no podía rechazar. Miren qué sacrificio el tener que tragarse más de doscientos kilómetros por un bendito plato de comida, ¡doce! más bien, rezaba la oferta que me hicieron unos días antes. 


Ante la perspectiva de pasar hambre como un auténtico católico, con rostro mustio y desencajado, sabrá dios por el ayuno o por asumir en carne propia el sufrimiento del nazareno; si me quedaba varado en casa, casi obligado a padecer insufribles películas bíblicas en la televisión para pasar el rato, me hubiera tenido que conformar con atún y espaguetis. Porque, señores, la hipócrita religiosidad de tanta gente me sumerge en un extraño sopor y tedio de los que es difícil escabullirse. No habría ni dónde arañar algo de buen comer porque casi toda la parentela se largó para el campo, aprovechando el largo feriado.   


Visto así, hubo que poner patitas para la terminal de buses, madrugando (primer sacrificio) para ir a conseguir un asiento. El sitio era un hervidero de gentío, y los operadores de las flotas cobraban a su antojo. Tuve que desembolsar el doble de las tarifas establecidas, con inevitable resignación, porque el imperativo era llegar a destino a la hora del almuerzo, o me iba a quedar con los crespos hechos. Si eso es lo que cobraban por un feriado normal, me preguntaba cuánto esquilmarían a los ansiosos devotos de su celebérrimo Carnaval. Así que puede seguir esperando su “fastuosa entrada folclórica” que la visite algún día. 


Creyendo que era pan comido, fui a abordar el autobús asignado y cuando me aprestaba a tomar asiento me topé con que otro pasajero tenía el mismo número pero boleto diferente. Extrañado, fui a reclamar a la caseta donde me vendieron el pasaje. Grande la sorpresa cuando el encargado me dijo que el bus (mi bus) que ya salía era de Coral S.A. y lo que me había vendido era de Coral SRL., o algo así, y tenía que tomar el vehículo correspondiente en otro carril. Gran diferencia, con la misma caseta para dos tipos de facturación, uno a mano y otro electrónico, para dos empresas supuestamente independientes. Y así quieren promocionar el turismo internacionalmente. Puede seguir esperando su celebrado Carnaval, mi orgullosa declinación.


Ya pasaban algunos minutos de la hora de salida y el carril donde llegué presuroso estaba vacío, me temí lo peor, conjeturando que se habían ido sin mí. Menos mal que aparecieron otros pasajeros y la calma me volvió al cuerpo. Preguntando, pude saber que habían experimentado la misma confusión con los boletos. Y el dichoso bus no se presentaba. Media hora después, efectivamente pintado del mismísimo color que el que vi partir en hora puntual, llegó uno a recogernos. Habían ido a cargarle combustible, escuché un comentario por ahí. Pueden seguir esperando la “tierra de amor y de Carnaval” y la “Mamita del Socavón” que las visite durante esos fantásticos días.


Abordé, dispuesto a relajarme con la lectura de algunas crónicas para hacer más llevadero el trayecto. Era la primera vez que me subía a uno de esos, dizque cómodos, autobuses de dos pisos: si bien para estirar los pies el espacio era más que suficiente, pero inexplicablemente los reposabrazos eran estrechos, aun para una persona medianamente delgada (como en mi caso). La división entre los dos asientos, lejos de brindar comodidad a los pasajeros aumentaba la sensación de encierro. Pobre de la gente con sobrepeso o caderas anchas, porque tiene que encajar entre esas horribles barras sin posibilidad de maniobra. Yo nunca he tenido problema en viajar codo con codo con extraños y tal innovación me ha parecido un despropósito. Tales habían sido las ventajas de un bus “panorámico”, para lo que sirve mirar interminables montañas de ocre pálido y continuos desvíos por tramos donde se efectúan trabajos de ampliación, mientras se cuela en la cabina el inconfundible aroma del polvo fino. De querer concentrarnos en la lectura ni hablemos, porque el traqueteo hacía temblar la mano infaltablemente.


Tras cinco horas de agotar el culo de cansancio, finalmente arribamos a destino. Menos mal que la hospitalidad orureña compensa con creces las peripecias de semejante odisea. Sin tiempo de abrir maleta y estirar los miembros entumecidos, fui conducido de inmediato a una alargada mesa. Como si me leyeran el pensamiento. En cuanto mi primo me presentó como su primo a su familia política fui tratado como uno más. A fe mía que me sentí de igual manera, siendo yo reservado por naturaleza. Sin tiempo que perder, me animaron a comenzar con el ritual del almuerzo. 


Comenzamos con una ligera sopa de papas y verduras (desafortunadamente no recuerdo bien el nombre) a modo de entrada; mi estómago adormecido agradeció la sencillez de ese iniciático caldo. Luego pusieron bandejas con ají de papalisa y queso (muy distinto de nuestra sajta valluna) y un raro menjunje que bautizaron como locro de zapallo. Ya podía uno escoger entre ambos guisos o efectuar una combinación para paladear sensaciones. En la pausa de la amena charla, uno de los yernos nos servía vino, detalle que agradezco infinitamente. Me sentí en mi salsa con la bonhomía de aquella numerosa familia. Hasta los nietos mostraban –en su respectiva mesa-un respeto único que se traducía en un comportamiento sosegado pero a la vez alegre. 
 
Ají de papalisa
Locro de zapallo

Cuando trajeron el ceviche de pejerrey y camarón, en coquetas copas de vidrio, mi rostro se iluminó al instante. Años ha que no probaba un manjar de este estilo. Benditos sean los peruanos sólo por eso. Fue llevarme a la boca una cucharilla de tan soñado elixir y mi cerebro fue inmediatamente bombardeado por sensaciones agridulces, nunca mejor dicho, entre tonos de limón y naranja. La acidez del bravo caldo era sutilmente acompasada por el dulzor del camote, a modo de baile de sabores. Nunca mejor combinación. Por su parte, los camarones aportaban neutralidad para acometer con fluidez el siguiente bocado. Daban ganas de repetir pero había que reservarse para un desastroso (por la pinta) pastel de fideo que, hechos los honores de probarlo, resultó ser una deliciosa fusión de queso y ahogado de verduras, muy escondidos en el centro del horneado.  
 
Ceviche de pejerrey y camarones
Pastel de fideo

Rematamos la faena con el arroz con leche, de manual en estas fechas, preguntando sarcásticamente a la autora del postre que dónde estaba el coco rallado. Muy exigente estaba yo a esas alturas, preguntando también por los restantes seis platos que mi primo me había prometido. Era un decir, porque me encontraba plenamente satisfecho y seguro que los demás comensales también. Por toda respuesta, recibí un olímpico y contundente golpe bajo de mi primo diciéndome que, efectivamente, podía degustar los famosos 12 platos de Semana Santa, que todo era cuestión de repetir. Quedé mentalmente noqueado y cariacontecido mientras apuraba mi última copa de vino. Menos mal que mi primo se reivindicó al día siguiente, con paso de parada. Pero eso será motivo de otras parrafadas. 


Ya puede quedarse el “majestuoso Carnaval” con su rimbombante título en el aire que de aquí no me muevo. Pero por otros sabores seguro que vuelvo, aunque sea mañana mismo. Entretanto, ¿qué será del ají de lacayote, de la carbonada de zapallo, del ají de bacalao, del pastel de pan,  y de los otros manjares (sin carne, como manda la tradición) que completarían la docena? ¿O habrá que buscarlos en otras partes el año que viene? Se viene otro calvario personal, me temo. Si es así, ¡con todo gusto!
 
Arroz con leche
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
 

El Perro Rojo Copyright © 2011 - |- Template created by O Pregador - |- Powered by Blogger Templates