10 noviembre, 2015

2 El regreso del Jedi, digo, emperador

Leyendo como un alemán

Poco a poco se empiezan a conocer los entretelones de la gira relámpago que hizo Su Excelencia por los cielos, mares y tierras de Europa; el continente que le faltaba trajinar más o menos a fondo. Entre conferencias magistrales, reuniones de alto nivel con gobernantes y con jugadores de fulbito, visitas a fábricas y otras cositas importantísimas, S.E. aún tuvo las energías necesarias para efectuar compras desde radares –para estrenar en la cacería al Chapo Guzmán, de paseo en Sudamérica, según los últimos rumores - hasta doctorados al por mayor, que salen más baratos por docena. Esperemos que S. E. tenga el tino de guardar-por lo menos en fotos- todas sus coronas (digo, birretes) que ha ido atesorando a lo largo de una década para así rellenar su inmenso museo personal de Orinoca, junto a sus invaluables ponchos del color del viento.

Desplegaba el imbatible paladín de la Dignidad toda su majestuosidad en los salones dorados de la vetusta Europa. Merkel y Hollande, a su tiempo, enfundados en sus monótonos y decadentes ropajes de jefes de estado, le envidiaban aquel traje avasallador de alpaca works confeccionado por la Coco Chanel de los Andes, aquellas filigranas que remataban la chaqueta y los puños de camisa como el redondel de la boca de una guitarra. Y es que S.E. había elevado la moda falazmente tiahuanacota a categoría de arte andante.

Pero no todo había sido pichanga futbolera para el inimitable emperador plurinacional, que en una de esas entrevistas televisivas pasó inusitados calores para gozo generalizado de la audiencia alemana. Como se sabe, S.E., no habla ninguna de las tantas lenguas de sus 36 naciones reunidas bajo su cetro, y por fuerza utiliza un idioma foráneo, ya que la Bolivia mestiza y castellanoparlante no figura entre esas naciones. Tantos viajes y cumbres le enseñaron que hay que ponerse los cascos (de audio) automáticamente, y por un rato su imponente cabellera se lió con los audífonos a la espera de las preguntas…en alemán, como cabía esperar. Sin embargo, el entrevistador le habló con fuerte acento pero fluida y correctamente. Cariacontecido, S.E. daba a entender que no captaba nada y con gestos de sus manos parecía decir “esto me suena a español”, como haciéndose al sueco, mejor dicho, al alemán, que me estoy liando yo también. En fin.

Luego de cosechar vítores, certificados de asistencia, títulos nobiliarios y ruidosos aplausos por la función en una universidad de Berlín, S. E. al fin pudo retornar a sus pagos, después de una larguísima semana en la que estuvimos extrañando sus perlas de inagotable sabiduría; porque ciertamente su vice, Álvaro el Gris, no divierte con su cháchara de marxista embutido en Armani. Cómo será de incombustible el estadista que, en un dos por tres, esta tarde estaba prometiendo un hospital en una tarima empotrada-novedad- a media grada de un gran coliseo, en Villazón, ahí al frente de la frontera argentina. Por cierto, hoy 10 de noviembre es el aniversario potosino y ni por asomo pensó en visitar a la ciudad capital y participar de su desfile cívico, consciente de que cosecharía sonoros silbidos y abucheos por el desprecio que manifestó hace unos meses a sus demandas regionales.

Supongo que también le habrán informado que acaba de salir un estudio donde catalogan al Estado Plurinacional como el subcampeón de la corrupción en Latinoamérica, sólo superado por ese agujero negro conocido como Venezuela, que si no tranquilamente estaríamos batiendo otro récord histórico para los registros de la “Nueva Bolivia”. No hace falta acudir a un chamán de la coca para saber que al aureolado caudillo le estará valiendo Berlín lo que se publique sobre este nauseabundo asunto. Ya habrá ocasión para opinar al respecto.


06 noviembre, 2015

9 De paseo por tierras germanas




Como se sabe, el supremo emperador de las 36 naciones anda de gira por las Europas promocionando su álbum “La nueva Bolivia”, luego de haber gastado medio millón de washingtones en su parada neoyorkina, con reservas en el primoroso Four Seasons para toda su banda, donde no faltó el pastel para cantarle el happy birthday Mr. President coreado por inversionistas gringos que habían acudido a su conferencia de prensa, al parecer atraídos por los canapés y los trajes exóticos de la diplomacia plurinacional. Tanto era el interés de los capitalistas que tuvieron que rechazar algunas solicitudes porque el salón no daba abasto, según confesaron desde fuentes oficiales. Mientras Su Excelencia encandilaba a la gringada, en su mágico país de las maravillas se venía abajo el techo del quirófano del único hospital público de tercer nivel de La Paz.


Sin apenas descanso en suelo patrio, S. E, puso rumbo a los cielos traicioneros de Europa a pesar de albergar amargos recuerdos. Como había retornado de Wall Street solamente con una bolsa de promesas, fue a probar suerte al mismísimo corazón económico del viejo continente. La regenta Merkel en persona lo recibió en la pista, entre alfombras y homenajes militares. Retribuyendo a tan cálido recibimiento (dentro de lo que cabe en la rigidez germánica), el caudillo repartió dos invaluables tesoros: El libro del Mar, y alguna biografía suya para que rubísimos expertos en lenguaje rúnico descifren el mensaje (en Alemania, “esto parece español” es la muletilla para lo incomprensible, según tengo entendido). 


Después de los consabidos honores de estado, la canciller alemana se lo sacó de encima mandándolo a pasear por la Siemens y otras factorías gigantes donde S.E. se sintiera como niño en juguetería. No vaya a extrañarnos que regrese con la idea de que quiere instalar una inmensa fábrica de salchichas o chocolates para consolidar su cacareado centro energético de Sudamérica. (Porque el gas se nos está acabando, caballeros, luego de una década de incesante ordeño). 


Pero no vayamos a desviarnos del asunto, que S.E. había ido a vender su charque pensando en el destino de la plurinación. Insólitamente no recibió el honoris causa que íntimamente anhelaba al brindar su "clase magistral" en la Universidad Técnica de Berlín, donde más bien un perspicaz periodista le abordó sobre sus intenciones de perpetuarse, a lo que el caudillo visiblemente molesto le respondió que “los alemanes no deberían preguntarle sobre la reelección presidencial… por el contrario, deberían felicitarlo por su continuidad en el cargo”. Impresionante lección de humildad y sapiencia que S.E. remató con otra vibrante puntualización de que la Bolivia que había heredado se parecía a la Alemania de la posguerra: “yo decía en algo coincidimos Alemania y Bolivia, después de las guerras mundiales ¿cómo quedó Alemania?, la estabilidad política, la continuidad de partidos ha levantado a Alemania, entonces cómo Alemania me va preguntar eso, más bien nos debe felicitar por la continuidad”. 


Y así sin más, S. E. dejó a los germanos todavía más cariacontecidos con otra descarga de fusilería verbal: “antes en Bolivia cada año habían varios presidentes (entre otros motivos, porque él mismo desestabilizaba los gobiernos con sus permanentes bloqueos de caminos), entonces cómo ese pueblo puede desarrollarse, por favor amigo periodista, si usted viene del pueblo, debería rechazar esa pregunta, claro porque esa pregunta es algo antidemocrática, aquí hay democracia, todo se consulta al pueblo”. Al parecer S.E. también había llegado a la conclusión de que los ciudadanos alemanes se parecían a sus súbditos plurinacionales.

30 octubre, 2015

4 Pandilla en Nueva York




Iba a titular esta entrada “Profeta en Nueva York”, pero sería de mal gusto evocar a cierto poeta granadino. Más bien, el asunto pinta para un guión scorsesiano en versión comedia surrealista de barrio. He aquí los esbozos o lineamientos generales de una trama peliculera que cualquier estudiante metido a cineasta sabría plasmar mucho mejor. Así que se me perdonará el impertinente intrusismo. A garabatear, entonces.

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La historia arranca con una toma del emperador de las 36 naciones (luciendo chamarra con imagen del Che, imprescindible) contemplando desde la ventanilla de su aeronave modelo príncipe saudita (ya se sabe, con sillones de cuero reclinables, pantallas de televisión, teléfono, cojines y revistas con la imagen de S. E en la tapa) la inmensidad de la ciudad de la Gran Manzana, mientras el FAB-001 da unas vueltas a la espera de la autorización para aterrizar. No olvidar instantáneas de la estatua de la Libertad, del Empire State y de algún puente colgante sobre el Hudson, que todo eso siempre suscita el interés de la audiencia palomitera, nuestro público meta. 

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Ya en el aeropuerto, en un sector apartado a vuelos privados, el emperador procede a bajar la escalinata y agita la manito automáticamente, como acostumbra saludar a sus fans revolucionarios en sus recorridos por el mundo. Luego la cámara salta mostrando a su comité de bienvenida con rostros serios (no hay alfombra roja, ojo, como es rito obligado en suelo plurinacional): la delegación diplomática asentada en la ciudad, el par de ministros que viajó antes como avanzadilla, y la limosina negra que aguarda a pocos metros, o tal vez sustituirla por un puñado de vagonetas con vidrios polarizados tipo FBI. Detrás de S. E. bajan en estricto orden jerárquico la ministra de Comunicación, el viceministro de Turismo y un par más de asuntos varios (es importante que los vices sean imberbes para dar la impresión de juventud y lozanía); luego cierran el cortejo un edecán con charreteras que hace de portamaletines, amén de infaltables miembros de seguridad (muy bien entrenados para pelotear y amarrar calzados) y quizá alguna funcionaria de protocolo.
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Llegada al lujoso hotel tipo Four Seasons, de fachada impecable, con portero negro en la puerta y taxis amarillos pululando por esa avenida céntrica de Manhattan. En este mismo hotel se ha reservado con mucha antelación un salón para la conferencia magistral que dará S.E. a empresarios gringos que han oído hablar de la nueva Bolivia pero se afirma que mueren por tener información de primera mano. Hacer notar que todo el séquito se alojará en el mismo sitio para dar la impresión de responsabilidad y que se ahorra dinero a las arcas del Estado.
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Siguiente escena, una parte de la delegación se alista para dar un paseo por Wall Street y aledaños, el resto se queda a descansar por la largura del viaje. El soberano es el primero en ponerse las pilas y se cambia de atuendo, luciendo su traje exclusivo de fina alpaca y un impecable brillo que resalta su rebelde cabellera negra. El grupo sale a tomar las calles, teniendo mucho cuidado de no imitar la estampa frívola y desenfadada de la presentación de esas alegres comadres de la serie “Sex and the City”. Se recomienda, al contrario,  impregnar a la escena de un aire artístico, inspirándose en la célebre caminata del cuarteto de Liverpool por Abbey Road. (ver fotograma provisional, en el encabezado).
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Basándonos en ese fotograma tentativo podemos hacer una breve caracterización de los principales personajes, de izquierda a derecha más o menos estarían pintados de la siguiente manera:
  • Marianela Paco, ministra de Comunicación, icono de la moda sombreril en la corte plurinacional. Por alguna extraña razón siempre luce sombreros varoniles, unas veces de estilo texano y otras de clara herencia española; lo que confiere cierta personalidad enigmática y ambivalente a su personaje. Dueña de un agrio carácter, no tiene mayor problema en tratar descortésmente a sus colegas de la prensa y mostrarse soberbia en todo plató de televisión. Una mujer de modales tan rudos que, a su lado, la anterior ministra del ramo era toda una dama.
  • Jessica Jordan, consulesa en Nueva York, típico ejemplo de que con un par de piernas torneadas se puede llegar bien alto.  Ex miss Bolivia, que en un arranque de genialidad descubrió que era más rentable saltar de las pasarelas de belleza a las arenas movedizas de la política. Gracias a su encanto postuló dos veces a la gobernación de un departamento oriental, ni los mecánicos que tenían sus calendarios votaron por ella. Sin mayor mérito que su tropicalizado acento inglés por su origen anglo-beniano-boliviano, o sea plurinacional; desde hace algún tiempo pasea su boticheliana figura en la meca del capitalismo a costilla nuestra. (Ay, un dolor adánico me recorre el espinazo).
  • Evo Morales, no hace falta presentarlo, basta con resumir que es el alma del grupo. Es impresionante el parecido con la melena de John Lennon y, salvo la barba, el perfil aguileño es calcado entre ambos (ver caricatura adjunta). Para su caracterización se puede tantear a Sacha Baron Cohen (recomendable por su actuación histriónica en “Borat”), aunque no tiene la nariz de loro y le costaría mucho subir unos buenos kilos y además está el inconveniente de que tal vez no sepa patear un balón. Suena ideal Sean Penn, por haber estudiado al personaje en varias jornadas futboleras que compartieron (ver fotograma adjunto), aunque se sospecha que ya no es tan amigo de S. E., así que podía ponerse un tanto reticente y, además, que se sepa no tiene dotes para la comedia. De todas maneras, S.E. es tan único e irrepetible que hallar un intérprete a su altura sería una odisea.
    El parecido es innegable, salvo por los ojos (con lentes de contacto se arregla)
  • Sacha Llorenti, el personaje más gris, insípido y ridículo como él solo. Su trayectoria pasa por haber sido el ultradefensor de Derechos Humanos en tiempos neoliberales y que, paradójicamente, fue el primero en pisotear la humanidad de indígenas amazónicos, al comandar en su condición de ministro de Gobierno la brutal paliza de la policía por oponerse a la construcción de una carretera en medio del parque Tipnis. A raíz de aquello, fue premiado con el exilio dorado, siendo nombrado embajador ante la ONU, donde a menudo lleva propuestas de temática indígena y ecologista, para mayor desfachatez. Aprovecha su condición de burócrata para forjar supuestas amistades, como la de ser amigo de Shakira y de su novio futbolista. Para la encarnación de su personaje, se recomienda algo parecido a una estatua. 
Completan el casting (personajes secundarios): un gordo de lentes y sonrisita burlona que funge de ministro de Economía (es menester que tenga cara de satisfecho siempre); un petiso con aire arrogante haciendo de ministro de la Presidencia; los viceministros referidos con pinta de yuppies criollos; un mustio empleado de prensa de palacio con su cámara obligatoria; un locutor deportivo profesional (expresamente llevado  para que narre con épica uruguaya los goles que meta el amado líder al equipo de residentes bolivianos en N.Y.); un joven oficial con chaqueta y gorra de gala que vaya siempre detrás de S.E. para que los transeúntes neoyorquinos sepan quién es la estrella; por supuesto, la media docena de seguratas con audífonos en los oídos (son tan puntillosos en su trabajo que se camuflan de futbolistas para seguir protegiendo a S.E.); y quizá un par de extras que hagan de auxiliares de cancillería o protocolo, da igual, con el cometido de que sea nutrida la delegación. 
Reconocimiento por su contribución al futbol mundial
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Para el tramo final, iba a rellenar el filme con escenas donde se ve a S. E. brindando su conferencia de prensa ante un montón de empresarios e banqueros yanquis -la supuesta crema y nata de Wall Street-, que habían oído hablar del milagro económico boliviano y de sus resonancias e influencias a escala planetaria, para admiración de las más lúcidas mentes de la Economía. Desafortunadamente me da pereza seguir fabulando sobre las promesas de paraíso que S.E. ofreció a los inversionistas del odiado imperio y no quisiera que la historia se alargara demasiado de tal manera que aburriera hasta las butacas. El público de hoy quiere explosiones, batallas campales o goles de otra galaxia (recomendable que haya secuencias del Messi de Orinoca dejando rivales como pinos de boliche). Además, otros guionistas de medios tan prestigiosos como la BBC y el Financial Times ya se me adelantaron con el resto del periplo de S. E. en territorio enemigo. Para finalizar, este retorcido libreto es puro cuento nomás, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
                   
                                                                                          
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P.S: ¡Ah, carajo!, se me estaba olvidando el soundtrack de la película. Otra vez pido clemencia por el mal gusto de sugerir esta banda, hubiese soñado con una versión cumbia, pero no existe todavía. Como alternativa, quizás sea buena idea convocar a la orquesta de las mil zampoñas de La Paz para que saque su versión, que de una vez sirva para algo más que romper récords.

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