02 mayo, 2011

0 El día que se imponga la filosofía de Mou, apagaré mi televisor

Un año atrás, a estas alturas de la temporada liguera española, un correcto señor, de profesión ingeniero, lograba sacar rendimiento a un Madrid bastante mermado comparado con la actual plantilla. Sin embargo, pese a mostrar algo de buen fútbol y  pisarle los talones al hegemónico Barça,  los directivos merengues, presionados por la prensa adicta y fieles a su tradición de nunca ser segundones porque es lo mismo que fracasar, despidieron ignominiosamente al reservado y reposado Manuel Pellegrini.

Hoy  con el equipo en la misma situación y con menos puntos en la tabla comparativa que la pasada gestión, extrañamente el entrenador sigue con viento favorable  a pesar de ordenar a sus pupilos ejercitar un futbol rácano y desprovisto de plasticidad, fundamentalmente en los enfrentamientos directos con la escuadra azulgrana.

Lo que es inaudito, no había visto al Barcelona ‘ganar’ un partido en Madrid sin haberlo ganado, como se acostumbra, a base de goles (el resultado fue un triste empate para la crónica). Aquel domingo de abril, el Madrid faltó el respeto a su afición, a su abolengo y a su larga y rica tradición.  Nunca se ha visto que equipos considerados ‘grandes’ hayan entrado a disputar un partido con la táctica y actitud de equipos de segunda línea, con el agravante imperdonable de ser locales.  No señor, nunca, al menos en América eso no sucede, si Boca o River procedieran así en sus estadios frente al clásico rival,  las hinchadas no se los perdonarían jamás.

Pero visto lo visto,  ¿Quién fue capaz de tamaña osadía, de embaucar a todo el Santiago Bernabéu y sin embargo salir todavía indemne y con la chulería de un chaval de secundaria?, ¿Qué pasó con la afición que se tragó semejante bodrio de juego; simplón y timorato, esperando el embate del rival, con el recurso de destruir juego a base de púas  y patadones para no ser goleados? Si la táctica funcionó, fue para las estadísticas, pero no para el resto del mundo, que asistió a un encuentro gris, donde moralmente ganó el Barca por todo lo alto y pudo haber goleado, si se lo hubiera propuesto.

Acaso la desesperación por lograr más títulos y acabar de una vez con la aplastante superioridad del conjunto barcelonés, ha movido a la junta madridista a contratar a un ilusionista del resultadismo y apóstol aventajado del rancio catenaccio, que incluso en tierras propias va probablemente en vías de extinción.  ¿Qué aporte ha hecho al mundo del futbol, salvo el de mediatizar el puesto de entrenador con la egolátrica excusa de quitar presión a los jugadores, como para ser considerado por muchos como el mejor entrenador del mundo?

¿Cómo se puede aceptar como credo la filosofía de un oscuro personaje cuyo método es llevar a la cancha la ideología maquiavelista del antifútbol, haciendo de la bravuconada su arma de asedio para desmoronar la fortaleza anímica del adversario, porque está claro que no puede hacerlo con deportividad?

Este showman disfrazado de entrenador, nunca se equivoca, sería debilidad el reconocerlo y recurre como mejor baza, a la excusa para justificar sus errores y desaciertos. La excusa decía alguien, es herramienta de los mediocres y de gente que no sabe perder o de aquellos que no tienen la suficiente gallardía para reconocer el éxito ajeno.

Y él sigue muy orondo, impecablemente trajeado con la apostura de un gentleman y la impostura de un gurú del césped, orgulloso de su tarjeta personal ‘entrenador de títulos, no de futbol’ (Cruyff, dixit). ¿Qué pasaría, si nuestros chavales-futbolistas y futboleros en ciernes-, adoptaran ese discurso exitista y  olvidaran tan pronto, que las formas y la corrección en juego no tienen cabida porque no ganan partidos, pero sí las arremetidas y el acoso malintencionado al rival en cancha y apoyándose en el juego psicológico de calentar el oído hasta desquiciar al contrario? Entre anécdotas, un amigo me pasaba el dato de que el fútbol era un ‘deporte de caballeros, practicado por animales’. Viendo jugar al madridista Pepe, respaldado por su mejor valedor, el chiste sabe tristemente a realidad.

Andando el tiempo, quien osara comparar esta filosofía de moral tacaña con la de equipos de renombre como el Liverpool de Shankly, el Ajax de Michels o el  Milan de Sacchi, incurrirá seguramente en la mera anécdota que conceden las cifras, porque aunque aumentara su exitoso palmarés a base de metálicos títulos, seguramente engrosarán las estadísticas de la FIFA, pero ganarse un sitio en los anales del fútbol, difícilmente.

Por el futuro del balompié, por todos los dioses del balón, por todas las tardes de domingo de tribunas colmadas, por los cánticos de la afición, por la borrachera espiritual que provocan los goles,  por la vida misma;  es indispensable educar a las nuevas generaciones para que esta filosofía no tenga más sitio que en las páginas del recuerdo, porque si el éxito del fútbol futuro,  se medirá por la táctica y los resultados exiguos y con el peligro de desterrar el ‘jogo bonito’ de las canchas,-porque seguramente lo bello es inútil e intranscendente, pero necesario-, entonces será hora de desconectarse, porque quién querrá ver un partido con los matices de un informativo.

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