24 mayo, 2011

0 La incurable soledad del hombre


“Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla”. (Dámaso Alonso)

El pensador (Rodin)
Desde el primer amanecer de la humanidad, en el que el hombre empezaba a cobrar conciencia de sí mismo, tan pronto como empezó a adquirir noción de las cosas, se dió cuenta de la lacerante realidad de que estaba solo como especie y se empeñó a la urgente tarea  de buscar otros seres de su misma condición, paulatinamente se asoció con esos ‘otros’, formando las tribus, hasta el día de hoy, condición que delimita inexorablemente su existencia desde que nace.
Sin embargo, a pesar de que el hombre se adaptó a llevar una vida gregaria, fiel a su instinto y naturaleza de insatisfacción permanente, cayó en la cuenta de que le faltaba algo, más allá de sus necesidades primordiales. Hasta ese entonces el hombre primitivo ocupaba sus pensamientos en procurarse alimento y cobijo. Pero en cuanto supo avizorar mas allá de su cotidianidad, al no tener certeza de lo que le deparaba el futuro, fue presa de la preocupación, del desasosiego y frustración que le causaban algunos fenómenos, como el de la muerte por ejemplo. Ante el agobio de la incertidumbre y la desesperación de no encontrar explicación  a su existencia, nuestro ingenioso hombre, ya desparramado por todo el orbe en distintas culturas, se aprovisionó de ídolos o dioses, ya sea a semejanza suya o de animales, fenómenos atmosféricos  u objetos que admiraba para que velaran su sueño en la larga noche de la vida.
¿Qué es la soledad entonces?...acaso un cáncer que acompaña el resto de la vida del hombre, una enfermedad del espíritu que nace del sentimiento de vulnerabilidad  y que sólo el hombre arrastra como una pesada losa.   Y es que la capacidad cognoscitiva que le ha dotado la Madre Natura, no sólo le permite dominar al resto de criaturas sino que también se le vuelca en contra suya porque cuanto más incrementa sus conocimientos y empieza a descifrar los secretos del universo, más consciente es de su insignificancia.  ‘Sólo  somos polvo en el viento’ puntillea una mítica canción como recordatorio de que no somos la especie superior, pese a quien le pese.
La soledad –aunque suene paradójico- es quizá el único ‘bien espiritual’ o consuelo que le queda al hombre, porque siempre está omnipresente, como una segunda piel que  dolorosamente avisa que estamos vivos, pese a todo.  A diferencia de la libertad, que cuando ésta es arrebatada, se desea ardientemente recuperarla y se sueña con ella. La soledad, en cambio nadie aspira a soñar con ella, ni mucho menos. Es sólo eso, un sentimiento  que no se puede extirpar, una desagradable sensación que nos fastidia y hace de única compañía.
Se dice que para paliar  la solitaria condición humana, la sociedad ha inventado la figura del matrimonio, en un intento de evitar el caos  social.  Otros se apoyan  en la explicación romántica  de que dos almas errantes,  juntas se hacen mutua compañía.  O quizá en un  inconsciente afán para controlarnos a nosotros mismos, hemos añadido un ‘sujeto control’ que vele para que nuestros pasos no se descarríen  o más aún, alejarnos de la peligrosa tentación que significa el libre albedrío. Empero, no todo es lamento de Jeremías en la vida del ser humano, el gran aporte de la soledad es,  que ha agudizado el ingenio del hombre; grandes pensadores, genios, artistas e inventores fueron en su mayoría almas solitarias. Sin cuyo aporte la vida sería aún más aburrida, la Humanidad bien que lo sabe, aunque no lo reconozca.

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