02 junio, 2011

0 De la desdicha de ser ‘segurata’ en un partido de fútbol


A propósito de la última final entre Barcelona y Manchester United en el nuevo Wembley, con el resultado y  espectáculo de todos conocido, y  revisando una y otra vez las imágenes  de la fiesta que se vivió en las gradas, ya sea los vítores de celebración después de cada gol, el canto interminable de las hinchadas  o la exhibición de distintas emociones de los aficionados pendientes de las jugadas, viviendo entre el paroxismo de la gloria o con el corazón en un puño por un ataque contrario. Ahí, plenamente identificados, al pie de las tribunas hay unos convidados de piedra, los que velan por la seguridad, los que deben evitar que algún aficionado ávido de fama intente llegar al campo. 

Después de que Eduardo Galeano definiera que un gol es un orgasmo del fútbol, después de esa jugada catártica, capaz de emocionar a las almas mas frías, debe ser especialmente frustrante no poder ser partícipes  del espectáculo, estando tan cerca del cielo o del infierno según el desenlace. Dios mío, qué solos se ven los guardias entre tamaño gentío, tan huérfanos en su trabajo, tan cerca de la tentación como un niño suelto en una tienda de dulces o juguetes.  Porque no es otro trabajo cualquiera, yo no lo soportaría.

Porque a diferencia de estas latitudes -donde los guardianes son otros espectadores más, a menos que se presenten incidentes-, estos tristes profesionales, sí hacen su trabajo, loable pero insoportablemente doloroso para el espíritu futbolero… Los veo, aparentemente inconmovibles, de espaldas al juego, murmurando para sí: “Mierda, cómo lo celebran los cabrones y yo aquí con cara de piedra, pero no puedo darme la vuelta porque las cámaras me delatarán y no habrá paga”.

Hay que estar loco, muy necesitado de dinero o definitivamente hay que odiar el fútbol para aceptar este trabajo.

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