13 diciembre, 2010

0 ‘Unforgiven’: ¿crepúsculo del western?


Hay  películas westerns  que permiten pasar una tarde de sábado para matar la modorra y divertirse con algo histriónico (‘Butch Cassidy y Sundance Kid’), hay otras que las ves porque no hay nada mejor en la televisión (una clásica de John Wayne), algunas para tener como fondo o excusa para atiborrarse de palomitas o porque el día se hace largo (con tiempo suficiente para despacharse ‘El bueno, el malo y el feo’) o si la ocasión lo merece para ponerse nostálgico junto a la pareja (‘The Big Country’, por ejemplo).
Y hay westerns para toda la vida.
‘Unforgiven’, de Clint Eastwood,  ‘Sin Perdón’(España) o ‘Los Imperdonables’ (Latinoamérica)- dejando a un lado la caprichosa traducción que se hace a uno y otro lado del Atlántico, que lejos de facilitar las cosas a los devotos cinéfilos los confunden-, es un retorno al cine en estado puro, a aquel que añoramos y veneramos los clásicos, pero dándole un toque de modernidad, de cierta frescura a la historia de siempre pero insuflándole de un lirismo  sobrecogedor, capaz de conmover a los más escépticos del género.
Asistimos a la desmitificación  del cowboy puro y duro (aquel héroe justiciero que se bate contra una pandilla de facinerosos y que sale apenas con un rasguño).No he visto mejor fotografía que retrate la violencia- eso sí, contenida-con tanta profundidad poética. Para el caso, ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos, simplemente humanos, con todas sus miserias. Seres capaces de cometer las peores vilezas y a la vez de acobardarse y arrepentirse. Los imperdonables, aquí no son retratados como nos tiene acostumbrados el cine mainstream: personajes sin entrañas, arquetipos de pura maldad, que muevan al espectador  a ponerse fácilmente en contra y pedir sus cabezas, más bien provocan  hasta compasión al ver como mueren cazados como alimañas.
Nadie como Eastwood, para encarnar al personaje de William Munny, un forajido atormentado por su pasado y  perseguido por el recuerdo de sus víctimas, una especie de ‘vaquero oxidado’, envejecido por el alcohol y arrinconado en el lodazal de la pobreza. Secundado por un Gene Hackmann magnífico en su papel de sheriff cínico, y un Morgan Freeman solvente, como siempre.
No obstante numerosos títulos que han salido a la luz, para testimoniar el titubeante resurgimiento del género, bajo el sugestivo denominativo de western crepuscular, los resultados han sido más bien mezquinos en cuanto a calidad  se refiere. Ejemplos sobran: ‘Danza con lobos’, ‘Gerónimo’, ‘Wyatt Earp’, ‘Billy the Kid’, y muchas otras que se pierden en el olvido. Pero no todo intento es pólvora mojada, propuestas como la oscura ‘Rápida y mortal’ de Sam Raimi, la hipnótica  ‘Dead Man’ y por supuesto el titulo en cuestión, obra cumbre de este movimiento.
¿Acaso asistimos a la muerte del western como género?
Cuando prácticamente todo ya está dicho en materia de cine, resulta casi imposible encontrar cineastas que nos regalen muestras del ‘cine de antes’. Cuando las planicies salvajes ya no son más que campos trillados, la figura del cowboy, se hace para muchos cinéfilos, algo anecdótico y anacrónico. Paulatinamente los héroes han sido reemplazados por personajes en muchos casos provenientes del comic o en su defecto por ‘vaqueros del espacio’, ante el auge de películas futuristas o apocalípticas.
A pesar de los tiempos que corren, no significa que no se sigan produciendo a escopetazos algún que otro título, pero desgraciadamente pasan a mejor vida o en el mejor de los casos a las estanterías del videoclub.
Heredero del ‘acercamiento’ psicológico de Sergio Leone, la violencia descarnada de Don Siegel y del clasicismo de John Ford;  Eastwood, acaba -quizá sin pretenderlo- de presagiar los últimos coletazos del género, bajando el telón con un bellísimo crespúsculo.
El tiempo dirá.

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